1 de marzo de 2008

HABANECER, Luis Manuel García

Edición rústica · 15 x 20 cm · 442 páginas · 21 € · comprar

Habanecen dos millones de almas en una ciudad de cuyo nombre sí quiero acordarme. Novela o cuentinovela, ésta tiene como protagonista a La Habana, inagotable y múltiple en su secreta geografía: el entramado de calles y casas, ilusiones y angustias, donde los hombres buscan las puertas y las llaves para salir del laberinto de sus vidas. Habanecer es una fiesta del lenguaje, del color, el olor y el tacto; un pulso contra la supervivencia; la belleza y el ritmo frenético de un mundo triturado por una ambición de poder que en su camino no perdona a la ciudad de los hombres. Un sueño convertido en pesadilla. Pero la ciudad tarde o temprano reencarna en obras prodigiosas como ésta. Con la amargura y la belleza en la mirada, cada lector habanece al cabo de su lectura; haber estado en un mundo que desaparece sin remedio, un sueño astillado, el escenario que se construye con los escombros de su propio espejo de grandeza, deja siempre su huella.

En ‘Habanecer’, Luis Manuel García Méndez quiere cumplir de nuevo un antiguo sueño de la novela: comprimir el mundo en el espacio de una ciudad, en la duración de un día, en las páginas de un libro donde la Habana se convierte de nuevo en una de las capitales de la imaginación. Este libro es extraordinario. Antonio Muñoz Molina.

Lo que ratifica la imposibilidad de este libro es que en última instancia trata de descifrar un oculto metabolismo de la ciudad, una espiritualidad habanera que no puede blasonarse ni enarbolarse ni consignarse casi. (...) un intento espléndido con afán de totalidad y con aciertos y sorpresas que se van sumando página tras página. He ahí lo mucho que debe agradecer el que leyere un libro como éste, que se afana con un imposible. Confieso que de Habanecer me queda el deslumbramiento, y eso es lo que trato de compartir con ustedes. Reinaldo Montero.

"Las palabras atraviesan la piel. Oiga, compadre. Atraviesan el saco, la membrana. Qué hora de almuerzo ni merienda. Atraviesan el líquido amniótico. Mire, arranque pal hospital, que mi mujer no va a parir en la calle. Y llegan a tus oídos, aún protegidos, o casi, contra las inclemencias sonoras del mundo."


Luis Manuel García (La Habana, 1954) ha publicado, Un asombro pendiente (poesía, 1994) y El restaurador de almas (novela, 2002). Ha dictado conferencias en universidades de Cuba, México, Brasil, Alemania, España y Suiza. Sus textos periodísticos y literarios han sido traducidos a ocho idiomas en publicaciones periódicas, selecciones y antologías de América y Europa. Es jefe de redacción, en Madrid, de la revista Encuentro de la Cultura Cubana.




ENTREVISTA CON LUIS MANUEL GARCÍA
"Habanecer no va a cambiar la situación de la Isla. Con suerte, engrosará para un puñado de lectores una memoria apócrifa de la ciudad que terminará confundiéndose con la otra".

1. Determinados teóricos hablan del título de una novela como del rostro, los ojos del libro. ¿Cómo se le ocurrió esa primera genialidad llamada HABANECER?
En el caso de Habanecer, después de dos años recorriendo la ciudad para situar a los personajes e incluso medir el tiempo de cada una de sus historias, escribirlas, trenzarlas unas con otras e ir componiendo el fresco de la ciudad, mi búsqueda de La Habana en La Habana era tan obsesiva y recurrente que el título salió solo, un buen día, sin listas previas. De alguna manera, el libro nació con su título, como esos niños que, apenas nacer, ya tienen cara de Francisco o de Alberto.

2. La novela se reedita tras 12 años de su primera edición en Cuba. ¿Nos puede contar cómo fue aquella primera edición y la repercusión que tuvo en la isla?
Habanecer obtuvo en 1990 el premio Casa de las Américas. Había sido una apuesta arriesgada: un volumen de más de 500 páginas, donde de algún modo los cuentos se trenzaban para componer una cuentinovela (yo prefiero llamarla novela invertebrada), un libro que contiene guiones de noticieros, viñetas, una obra de teatro, y donde se va contando cómo el autor lo fragua y lo escribe. Con estos ingredientes, un jurado ortodoxo podía descartarlo. Pero obtuvo el premio, lo que significaba su publicación al año siguiente. Tuve que esperar hasta 1993 para verlo (fugazmente) en las librerías. La explicación oficial fue la falta de papel como consecuencia del Período Especial en Tiempos de Paz (delicioso eufemismo, digno de la mejor literatura). La explicación real estuvo relacionada con la propia naturaleza del libro, que pretendía encontrar la ciudad en la ciudad, no en su reflejo edulcorado. Una ciudad donde a un hombre le extirpan una idea para devolverlo a la “normalidad”, donde un combatiente recién llegado de la guerra de Angola, amaestrado para matar, es incapaz de reinsertarse en su fábrica, y donde las familias de Miami y La Habana se reúnen en su peculiar “última cena”; ciudad de héroes descatalogados, inventores maniatados por la burocracia y prostitutas de éxito.

3. Usted lleva 11 años viviendo en España y en la actualidad es jefe de redacción de la mítica revista fundada por Jesús Díaz, ENCUENTRO DE LA CULTURA CUBANA, que aúna a escritores de dentro y de fuera de la Isla. Un escritor cubano, ¿dónde escribe y crea mejor, en Cuba o en España?
Para escribir, además de la necesidad imperiosa de hacerlo, un escritor necesita tiempo y condiciones materiales y espirituales que le permitan concentrarse en su tarea sin demasiadas interferencias. Uso el término “demasiadas” porque las interferencias no sólo son inevitables sino, en su justa medida, deseables. Esto puede ocurrir tanto en Cuba como en el exilio. De hecho, hay escritores que se han “secado” al salir de Cuba y otros que se han multiplicado. Hay obras hechas casi íntegramente en Cuba y bibliografías alimentadas de exilio. En Cuba existe una situación sui géneris. En el orden material, hay enormes carencias y los salarios son punto menos que simbólicos. De modo que un puesto de trabajo no es un bien precioso que deba alimentarse con una buena parte de nuestro tiempo. Por otra parte, las necesidades más elementales pueden cubrirse, en comparación con los estándares internacionales, a precios irrisorios. Si eres capaz de agenciarte un puñado de dólares mensuales y estás dispuesto a vivir en la mayor austeridad, puede ser un paraíso para escribir. El paraíso del tiempo. Sin esos dólares, es el infierno, porque consumirás casi todo ese tiempo en tareas de supervivencia.

4. Vamos a la novela, Habanecer son 24 horas en la vida de una ciudad y el tiempo transcurre con la mesura exacta de los segundos (no hay paginación, sino la hora precisa que es en cada página). El protagonista absoluto del libro es La Habana. ¿Qué apoyos bibliográficos hay detrás de este proyecto tan ambicioso, retratar durante todo un día a una gran ciudad de dos millones de habitantes?
Desde luego que hay, más que apoyos bibliográficos (aunque también), parentescos con toda una región de la literatura urbana mundial, de los cuales el más obvio es el Ulyses de Joyce. No he sido el único y, desde luego, tampoco el último (léase a Carlos Fuentes, Zola, Aragón, Houellebecq, Galdós, Cela, Juan Marsé, Eduardo Mendoza, Cortázar, Lezama Lima, Cabrera Infante y un largo etcétera) en intentar diseccionar una ciudad, descubrir su relojería secreta, sus pasadizos y entresijos. Y si nos referimos en particular a La Habana, la mía es una más, que viene a añadirse a la ciudad de piedra que retrató Alejo Carpentier, a la ciudad republicana, un tanto provinciana y mesurada de Lezama, casi una ciudad letrada, y a la ciudad pecadora, canalla y noctámbula de Cabrera Infante. Ninguna deroga a la otra. Todas se complementan.

5. ¿Cree que Cuba debe habanecer de nuevo, o ya ha habanecido demasiadas veces y por tanto otro habanecer es algo casi utópico?, ¿cree en la utopía?
No creo en las utopías más que como un saludable ejercicio adolescente. De niño me enseñaron a no creer en Dios y más tarde aprendí solo a no creer en todo lo demás. Hoy creo en la bondad humana, en la dedicación, en el amor y la honradez. Todas las utopías políticas, religiosas, sociales, culturales (o casi todas, para no pecar de temerario), traen su decálogo, sus mandamientos, su preceptiva, cuyo estricto cumplimiento sería con frecuencia deseable. El problema de casi todas las utopías son los presuntos y casi nunca fieles utopistas, sobre todo los magíster ludi, que se empeñan en condenar a los demás a la virtud mientras se reservan a sí mismos los sinsabores del pecado. José Martí dijo una vez que “hay que gobernar con lo mejor que hay en el hombre y con lo peor que hay en él, si no, lo peor prevalece”.

6. ¿Cree que se puede novelar una realidad tan compleja como La Habana o Cuba, tan llena de telas de araña, sin quedar prendido en una de ellas?
Prendido estoy hace cincuenta años. Antes y después de novelarla. Al escribir Habanecer, mi condición de habanero fue mi primera bibliografía: nadar en las poetas del Malecón, las carreras de patines en el Prado, las fiestas, los amores y desamores, las angustias y los éxitos, la mesa de El Patio donde escribí mi primer libro y la casa donde hice por primera vez el amor. Cuando cada esquina, cada bar, cada parada de guagua, cada trozo de mar y cada jirón de cielo han sido codificados por la experiencia personal, puedes decir que has atrapado la ciudad aunque no puedas demostrarlo, pero también que ya eres para ella parte del mobiliario urbano. Y eso no lo cambia ni siquiera el exilio.

7. No sé hasta qué punto los libros pueden cambiar o enriquecer realidades sociales. Por lo pronto, este libro ha incorporado al vocabulario cubano una palabra que ya es patrimonio del lenguaje, habanecer, se conjuga y se utiliza como una palabra más, ¿piensa que la lectura de esta novela puede cambiar en algo la situación de la Isla?
No creo que los grandes libros, cuyo propósito era justamente cambiar el mundo (Rousseau, Marx), hayan trocado más que circunstancialmente el destino de los pueblos. Al cabo, las aguas regresan a su cauce. Mucho menos lo cambiará Habanecer. Me conformo con añadir algunas historias a los anales de La Habana, contribuir al entramado de la mitología urbana e iluminar de otro modo (no único ni excluyente, sino otro) el cuerpo de la ciudad, conseguir que el lector empiece a ver la ciudad a través de las palabras. A cincuenta metros de la casa donde yo nací, en la esquina de Morro y Cárcel, hay un parque al que un día los habitantes de la ciudad bautizaron como el Parque de los Enamorados. En cierta ocasión un lector me dijo: “Estuve en el parque ese donde los muchachos se enamoran”. Es el Parque del Pescado, en el Casino Deportivo, pero ya para ese lector es “el parque donde los muchachos se enamoran”. El vio allí a Carlos y a Adita, indecisos y tiernos bajo los árboles de su memoria. Habanecer no va a cambiar la situación de la Isla. Con suerte, engrosará para un puñado de lectores una memoria apócrifa de la ciudad que terminará confundiéndose con la otra. Esa sería la mejor crítica literaria.

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