29 de abril de 2008

Llegamos a la penumbra de mayo


La novela Absalon, Absalon, de William Faulkner, comienza con la voz de la señorita Coldfiel, mujer de edad muy avanzada, que le habla a Quentin Compson. La novela parte de ahí, y a partir de esa voz y de la escucha callada del joven Quentin, se desarrolla toda la trama de una novela inmensa, maravillosa. A los que la hayáis leído os invito a leerla de nuevo y a los que no, a sumergiros por vez primera en sus páginas. Pero lo que hoy atrapo de esa obra es ese inicio perfecto a mi entender. La mujer mayor habla al joven Quentin en la penumbra de una habitación, en una tarde de calor que lo mismo puede desarrollarse en Nueva Orleans, en LA Habana, en Barcelona, o en Coria del Río. "A medida que el sol daba más de lleno sobre ese costado de la casa, la habitación se iluminaba de rayos horizontales y amarillentos que dejaban ver innumerables partículas de polvo. (...) "Hablaba con voz áspera, huraña, asombrada, y al final toda atención cesaba, el poder auditivo se confundía a sí mismo y el objeto de su impotente pero indomable fracaso -aunque había muerto años atrás- surgía, como evocado por esa indignada requisitoria, sereno, distraído, e inofensivo, del polvo paciente, soñador, y victorioso".

Recuerdo este inicio porque estas tardes de primavera de sol, aquí en el sur, tan parecidas a ese septiembre de canícula de Jefferson o de cualquier lugar del Estado de Yoknapatawpha, están llenas de estancias vacías, donde se cierran las persianas por la tarde y donde leemos o nos cuentan historias en lugares donde no hay televisores encendidos y reina la calma del silencio y de una voz. Leemos en estas condiciones majestuosas, un sábado por la tarde cuando el trabajo descansa regio en nuestros músculos y la cabeza se llena de limpia pradera. Tengo varias ediciones de este libro pero la que más me fascina es una edición de la editorial Arte y Literatura, de Abril de 1990, publicada en La Habana, con mosquitos despatarrados entre las páginas y pequeños agujeros de termitas. Llega estos días la feria del libro de Sevilla y la canícula vuelve a depararnos la sombra fresca de un cuarto donde leyendo se abre el acantilado de un corazón.

1 comentario:

Anónimo dijo...

¡Cáspita (por no soltar el consabido taco, qué ganas me han entrado de leerme ese libro un sábado por la tarde, con los músculos ejercitados por el trabajo bien hecho y con la cabeza limpia y presta para la belleza!