17 de abril de 2008

Rosario Dinamitera

Hoy murió Rosario "Dinamitera", una miliciana de la guerra civil española cuya mano rotra por la dinamita y cuya entrega glosó y convirtió en leyenda el genial y más combativo Miguel Hernández. Se alistó a los 17 años, para defender Madrid del asedio de las tropas franquistas. Lo propio sería incluir aquí el poema que el poeta de orihuela dedicó a esta joven cuando supo que era la única mujer en el batallón de dinamiteros. Pero prefiero llenar este post de la frescura de otro poemas que Miguel Hernández escribió cuando estaba inmerso en cuerpo y alma en la defensa de la legalidad republicana que había volado por los aires:

PUEBLO
Pero ¿qué son las armas: qué pueden, quién
ha dicho?
Signo de cobardía son: las armas mejores
aquellas que contienen el proyectil de hueso
son. Mírate las manos.

Las ametralladoras, los aeroplanos, pueblo:
todos los armamentos son nada colocados
delante de la terca bravura que resopla
en tu esqueleto fijo.

Porque un cañón no puede lo que pueden diez
dedos:porque le falta el fuego que en los brazos dispara
un corazón que viene distribuyendo chorros
hasta grabar un hombre.

Poco valen las armas que la sangre no nutre
ante un pueblo de pómulos noblemente dispuestos,
poco valen las armas: les falta voz y frente,
les sobra estruendo y humo.

Poco podrán las armas: les falta corazón.
Separarán de pronto dos cuerpos abrazados,
pero los cuatro brazos avanzarán buscándose
enamoradamente.

Arrasarán un hombre, desclavarán de un vientre
un niño todo lleno de porvenir y sombra,
pero, tras los pedazos y la explosión, la madre
seguirá siendo madre.

Pueblo, chorro que quieren cegar, estrangular,
y salta ante las armas más alto, más potente:
no te estrangularán porque les faltan dedos,
porque te basta sangre.

Las armas son un signo de impotencia: los hombres
se defienden y vencen con el hueso ante todo.
Mirad estas palabras donde me ahondo y dejo
fósforo emocionado.

Un hombre desarmado siempre es un firme bloque:
sabe que no es estéril su firmeza, y resiste.
Y los pueblos se salvan por la fuerza que sopla
desde todos sus muertos.

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