23 de mayo de 2008

Calle feria y tarde con amigos

Ayer al mediodía, justo cuando el sol luchaba por levantar o secar la espuma de las muchas cervezas atascadas en el Vizcaíno, caminaba yo con gotas de pasos cerca de la calle feria, con la vista fija y fina hacia el suelo, procurando no tropezar, dejando que la mirada paseara su ternura por las mantas llenas de cachivaches, teléfonos de baquelita, trompos de batería bosch sin carga y maltrechos, discos de vinilo de jose luis perales y de rocío jurado, misales en piel, con hojas de papel pasta biblia enrededos entre ediciones de marcial lafuente estefanía y premios nadal ahogados, mientras un hombre con sombrero hablaba al auricular de una cabina telefónica, ya quedan pocos, o se ven pocos, los móviles acabaron con la intimidad de las cabinas y abrieron lo privado de tal forma que se escuchan todas las conversaciones mientras caminan, pero este hombre, quizá por la influencia del celular, y porque las cabinas ahora ya no tienen parapetos que ocultan las conversaciones gritaba Soy Paco, el de los barcos..., ¿me oyes?..., ¿oye?...,¡oye!, soy paco, el de los barcos, y cerca de la librería Padilla, cuyo escaparate está lleno de grabados y de facsímiles y de carteles de la mujer republicana año 1934, en ese reino del norte de sevilla, corte de los milagros, barrio periférico y popular pegado a la alameda, lavapiés particular del señoritismo hispálico, iba yo pensando en Luis Martín Santos, y veía al Muecas en una esquina con sus ratones en una caja, sabiendo que esos sí que eran los buenos porque había conseguido robarlos a tiempo y había tenido éxito al mantener en ellos la cepa cancerosa que iba a salvar a España del subdesarrollo científico en manos del investigadosr Pedro con cara de Imanol Arias. Tiempo de Silencio con sol. Iba a la busca de Alejandro Luque, que vive cerca, en un callejón de rajas solares, con Ángela, iba a visitarlo y había quedado con Antonio Acedo también para escucharle, para leer sus notas a pie de vida en una libretita o en un cuaderno azul que graba su voz ahora que su garganta ronca descansa de tanta palabra y se duerme en un silencio creativo o blanco. Y surgió entre cafés y cervezas el nombre de Luis Martín-Santos, y también entre bonito encebollado y calles ya vacías, con ropa tirada en una esquina, stocks de las ventas no hechas en el mercadillo. Y quizá, Luque, ahora, aunque obligado, es Tiempo de Silencio, y para salir de ese refresco lírico y callado de tu río interior, no queda otra que sumergirse en ese librito de Luis Martín-Santos, el gran escritor, uno de los mejores que ha dado este país, que falleció a las afueras de Vitoria, mi ciudad, un 21 de Enero del año 1964, y cuyo gran libro yo encontré en una librería de viejo en Carlos II, un día de nubes gordas y negras cuando la Habana, a las dos de la tarde todavía no se había levantado de su dormida resacosa. Hace tiempo. Mucho, pero no tanto.

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