29 de mayo de 2008

Chikilicuatre y Bajtin



En estos tiempos de crisis de la perra gorda, cuando los bolsillos de la cuenta bancaria se zurcen con mimo para que no se pierda ni un céntimo, llega este bufón para despertar la ilusión dormida de un sábado anónimo con hamburguesa o pollo. No es extraño que esto ocurra, sobre todo en época de vacas flacas, cuando el ingenio socarrón ibérico se lanza a la bufonada para evitar caer de rodillas frente al reclinatorio de los euribores que bailan la jota con las manos muy altas. El chikichiki se baila así…Más allá de que este tipo y su coro griego de acompañantes no sea más que una estudiada operación de marketing que surge de la sexta para darle vidilla y cancha a esa cadena de televisión, existen otras interpretaciones que dan luz y sombra a este fenómeno.
Tras presenciar la gala de eurovisión del sábado día 24, se me ocurrieron varias conclusiones al respecto. En primer lugar, ¿lo del chikilicuatre es una gamberrada o una genialidad?, que en las actuales circunstancias es lo mismo. ¿Por qué?
Fue la única actuación, junto con la de Bosnia-Herzegovina y la de Francia que se salía de la norma vieja, esto es, las únicas tres actuaciones que se ajustaron a pies juntillas al eslogan eurovisionero de este año “salvemos eurovisión”. Fueron los únicos que intentaron andar otro camino, explorar otra vía alternativa para darle más oxígeno a un festival que de otra forma corre el riesgo de hacerse oveja Dolly de la OTI, o lo que es lo mismo, reunión de intérpretes de una sola tonalidad que perpetúan hasta el infinito el mirando al mar soñé o ay quién navega mi barca, quién.
Sébastien Tellier, el francés, con una canción a medio camino entre un Eugenio de resaca y Los Toreros Muertos de Carbonell, los bosnios con una pachanga verbenera que se sitúa en tierra de nadie entre No me pises que llevo chanclas y aquellos del tractor amarillo, cuyo nombre no recuerdo. Y el chikilicuatre, que se ha ajustado a su antecesor directo, al La, La, Lá. Pero sin refrendar aquel éxito ni llevarse el gato al agua. Y digo que es el único sucesor de la archiconocida canción interpretada por Massiel porque tanto la una como el otro han escenificado una gamberrada especular. Me hago el tonto, porque no soy tonto. Mira el espejo de mi gamberrada, que más allá del espejo está lo que soy y lo que quiero transmitirte. Andando por la vida, aprendí esta canción, La, La, La, La, La, La, La, La, La. Canto como los tontos, pero lo hago por algo. Massiel, no se si consciente o incoscientemente esgrimió la frescura de la gamberrada del no saber cantar, del lalaleo, para abrir una grieta en el bloque de cemento de la ceguera franquista, y el chikilicuatre entona lo de: Baila chiki-chiki, baila chiki-chiki, lo bailan los heavys y también los frikis, para despertar eurovisión, para introducir en ese festival un toque de carnavalización pura y dura.
Bajtin, el primero de los estructuralistas, desde su retiro de casi cincuenta años y su investigación sobre narratología, y sobre todo sobre el carnaval en la edad media, nos explica perfectamente los fenómenos de este calibre. En situaciones de extrema presión, las sociedades europeas se zambullían en carnavales que duraban tres meses, en los que los reyes o las reinas del carnaval eran los pobres, los más feos, los que normalmente no destacan. Cuando algo está carnavalizado lo está porque lo bajo suplanta a lo alto y asume su soberanía por un tiempo. El mendigo es el rey, y el rey se hace mendigo. El actor que interpreta a chikilicuatre hace esto mismo: Va a eurovisión con una guitarra de plástico infantil y se desmelena al inicio de la canción con un punteo que desata una carcajada liberadora en quien lo escucha por lo hondo de la incorrección que supone y de la bufonada profunda que alienta. Interpreta una canción de ritmo de chicle, que se pega sin querer y que resulta ser una auténtica bobada. Pero es una payasada que carnavaliza. Ya que posibilita que el más inepto pueda bailar, permite a cualquiera hacer el maiqueljason o el crusaíto y lo incorpora al circo.
Casi siempre las carnavalizaciones de la televisión se quedan en el circuito cerrado de la pantalla. Para que una carnavalización sea efectiva, como nos dijo Bajtin, debe permitir que todo el mundo sea actor del carnaval. Hacemos el crusaito y ya somos payasos chikichikicheros. ¿Qué ocurre entonces?, que un acto carnavalizado nos destruye y nos libera a la vez. Nos tira a la tierra tonta y nos eleva al cielo indistintamente. Por eso pienso que de vez en cuando conviene bailar una tontería con esta fuerza vital tan desestructuradora para que el día a día se recomponga de nuevo como un puzzle fresco. Y cito a Bajtin: La risa carnavalesca es ante todo patrimonio del pueblo, todos ríen, la risa es general; en segundo lugar es universal, el mundo entero parece cómico y es percibido en un aspecto jocoso, por último, esta risa es ambivalente, alegre y llena de alborozo, pero al mismo tiempo burlona y sarcástica, niega y afirma, amortaja y resucita a la vez.
publicado en DIARIO DE SEVILLA, el 28 de Mayo de 2008

1 comentario:

Carlos dijo...

Muy de acuerdo contigo Jabo.
Lo del Chiquilicuatre ha sido un producto de márketing de La sexta, pero por otra parte, para decir que estamos un poco hartos de esas votaciones (que todos conocen de antemano y Uribarri también), y aunque hubiéramos llevado a nuestro mejor cantante, los países del este se hubieran alzado igualmente con el galardón.
Es pasar un poco de Eurovisión y llevar a un payaso por si caía la breva.