5 de mayo de 2008

La crueldad

Durante estos días hemos leído alucinados en prensa las informaciones respecto al Josef Fritzl de setenta y tantos años que ha tenido encerrada a su hija en el sótano de su casa durante veinte o más años, y a la que ha violado repetidamente. La frase hecha tantas veces citada de que la realidad supera a la ficción, por evidente, aquí es incluso idiota, ingenua, descabellada, impronunciable. Yo me acordé en cuanto escuché la noticia por la radio, de Thomas Bernahrd, austriaco, escritor de espinazos dorsales y de palabras que no se gastan nunca. Él habla en sus libro de su país y de sus gentes y ya no solo es achacable a la Austria en sí sino a un lugar que está en Austria o en cualquier otro sitio, donde la gente solo se relaciona con las paredes de su casa y tiene unos patios traseros llenos de mierda o de una elevada carga de soledad y de sufrimiento. Eso no explica nada de lo que hizo este tipo miserable, pero indica un camino. Bernhard y Jelinkek lo tienen muy claro.



Y aquí va un ejemplo de Trastorno, un libro de Bernhard:



El posadero, dijo, era un delincuente y un criminal nato. Todo en él y dentro de él era violento y criminal. Era un tratante de ganado, y lo era en todos los momentos y situaciones de su vida (...) Todas esas posadas, lo mismo que todas las casas de los carniceros, de los tratantes de ganado, de los campesinos de Bundscheck, no eran más que un brutal establecimiento penitenciario femenino. Si se escuchaba con atención, dijo, podía oírse, siempre que se iba al campo y dondequiera que fuese, a las mujeres castigadas en casa por sus maridos.






Lo malo es que nadie escuchó con atención, en esa casa maldita, donde a una joven su padre le ha podrido el cerebro y la vida para siempre, y le ha roto su relación con el mundo, porque el que la tenía que proteger es el que ha sido su verdugo.






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