9 de mayo de 2008

Toda una vida III

Hoy fue un día complicado. En medio de la vorágine y los libros, Mi niño Mauro ayer se quemó con un calderillo de agua hirviendo y sin ser grave, he visto en sus ojos el dolor y el desconcierto del daño que toca la fibra más sensible. Ana, la otra parte de Mono Azul, la madre de Mauro, tras el primer susto, duerme un tanto inquieta, con los oídos atentos a la respiración del pequeño, con la congoja compartida del cuidado que Mauro ahora requiere. Un niño que tiene un año y medio y que hasta hace poco tenía un vocabulario de tres palabras hechas en base al cariño y al amor: agua, barca y jaca. Pero hoy, tras este inesperado accidente ha pronunciado por primera vez la palabra pupa. Estoy convencido de que esto es revelador. El 75 % de las palabras que utilizamos surgen como consecuencia del amor que el resto de nuestros congéneres nos profesan, el 25 % restante parten del daño, del dolor personal, algo intransferible. El 100% que suman estas dos cosas, nos convierte en seres vivos débiles y geniales.
Hace un rato acabo de estar con Carlos Abadía. Estamos preparando la presentación para mañana y hemos puesto en claro muchas de las cosas que van a posibilitar ventanas abiertas para esta gran novela. Lo que queda tras una larga conversación, en la que también estaba Carmen, la mujer de Carlos, es una sensación muy gratificante, y una reflexión honda y profunda sobre el mero hecho sencillo de narrar, que surge cuando uno está delante de un gran escritor. Y, ¿Qué es un gran escritor?, es difícil definirlo. En estos casos me ayudo de las reflexiones que al respecto me envía de vez en cuando Ismael desde La Habana, desde su espléndido aislamiento en el Hotel Las Yagrumas, una fonda deshabitada a medio camino entre La Habana y Güira de Melena. Filgueira dice: "un gran escritor se define por dos cosas, en primer lugar por su instinto narrativo, su poder de lobo en medio de la llanura, y en segundo lugar por su habla, por la manera en la que modela el lenguaje, y por la forma mediante la que consigue que las palabras canten con dulzura al espíritu". Me quedo con eso. Abadía cumple estas premisas y de ahí el contento que yo mismo experimento y os transmito.

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