4 de junio de 2008

Artículo de Edmundo Desnoes


Fidel en el Fuego


Castro es un monstruo, gritan en Miami; Fidel es un enorme dirigente político, proclaman desde La Habana. Fidel Castro es un monstruo y un enorme dirigente político, me atrevo a pensar y sentir desde mi exilio en Nueva York.

Un soir, j’ai assis la Beauté re. sur mes genoux. Et je l’ai trouvée amére.
Et je l’ai injuriée.
Je me suis armé contre la justice.
Je me suis enfui.

Así inicia Rimbaud su temporada en el infierno. Sentando a la belleza en sus rodillas y encontrándola amarga. Luego se arma contra el sueño quijotesco de la justicia. Y termina injuriándola y huyendo. A ese nivel quiero discutir mi relación con Fidel Castro y la revolución cubana, pues ambas son una y la misma experiencia.

En 1960 regresé a la isla y abracé la revolución y terminé encontrándola amarga. Descubrí que el sueño de justicia social era un sueño imposible. Y abandoné la revolución en 1979.

Pero la revolución cubana ha sido para mí la experiencia de la Belleza: la intensidad del amor, la pasión y el dolor de la desilusión. Y ni lo puedo ni lo quiero negar. Tanto la mujer como el hombre pierden autenticidad si niegan una parte vital de sus vidas. No podemos escamotear la experiencia sin perder nuestra identidad. La identidad se vive, no se construye.


Cuando triunfó la revolución yo me encontraba viviendo en Nueva York, trabajando en Visión, una revista de noticias. Regresé por una suma de razones, puras e impuras: porque me conmovió el proyecto revolucionario, porque prefería ser cabeza de ratón que cola de león, porque pensé que los Estados Unidos acabarían invadiendo y destruyendo la revolución, por resentimiento contra la burguesía cubana que vivía de espaldas a la Belleza. Pero aquí viene lo más importante: regresé porque creía, estaba convencido de que Fidel jamás traicionaría su obra de arte, la revolución. El carisma es de raíz teológica, y yo era un creyente. La revolución no es materialismo dialéctico, es fervor religioso. Fidel no traicionó la revolución, yo la traicioné. Dejé de creer. Esa es la fuerza de Fidel Castro, creer en el implacable Dios del patriotismo fanático. Es su virtud y su vicio. Un hombre admirado y condenado por su ciego egoísmo artístico, en nombre de su visión, de su empecinamiento arrastró a toda una población –tanto los que lo amaban, los oportunistas, como los que lo odiaban—en su afán de pintar su cuadro, escribir su obra en el cuerpo de la isla. Un humanismo cruel, un sueño imposible.

Mi visión del mundo está arraigada en la ambigüedad, en abrazar una figura portentosa y, sin embargo, negarme a vivir en el fuego de su agonía. Pero vivo a la enorme sombra de las llamas. Acabo de adquirir el último ejemplar de la revista New Yorker; en la portada el rostro de Fidel se perfila en humo, se configura en el humo que asciende de un puro que se consume en cenizas.

Fidel Castro murió el año pasado cuando le hurgaron las entrañas, lo que queda ahora es el mito.

Tengo otra imagen ambigua de Fidel. Un grupo de trabajadores cubanos lucha con una enorme valla con la imagen del líder: no sabemos si la imagen de Fidel Castro se alza entre las manos de los obreros o los está a punto de aplastar.

Edmundo Desnoes
Nueva York, febrero y 2008

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