6 de junio de 2008

Cadáver exquisito de un mono azul

Todos los que me querían y estuvieron jodiendo hasta el último minuto se han ido ya. Todos querían escapar hacia sus ilusiones marchitas. Narcise Cabuya a la Marsella de su infancia, para, elegantemente vestido, contar historias de reinas fabulosas que lo amaron por su valentía en los combates de las islas. No sé no lo comprendo pero es la realidad, me adoras y te adoro pero a pesar de todo me debes olvidar y partí pal aposento assere que a mi ninguna jeva me trajina. No encontrabas donde meterte. Éramos tantos los que habíamos salido de Madrid al mismo tiempo, que Valencia no tenía casas para todos. Dicen que Lorenzo blasfemó, cuando la marquesa, con las manos ya callosas y oliendo a establo, sugirió que aquello había sido un milagro. Atrapado por la rutina. El orden es ahora la muerte. No he llegado al gran hueco, pero ando por los labios. No tuve tiempo de ser niño. Hay una pelota guardada en algún rincón de mis recuerdos. Lo más lógico ha de ser que yo sea un verdadero niño cuando me llegue la vejez. Para ella, es cierto, uno tiene tiempo de sobra. Presumo que ha de ser a los cuarenta y nueve años, pues si llego a los cincuenta me suicido. Nacionalizo una pistola y me pego un tiro. Vive de forma tú que cuando seas citado a la infinita caravana que avanza en la mano con su mitad de centauro en realidad lo más probable es que ya no haya entre nuestras pasiones naturales ninguna tan difícil de subyugar como el Orgullo. Antes de meterse en la cama, Ramón se asomó a la ventana, era su última noche en Madrid, y los cazadores indios vieron confirmada la crudeza del invierno que se avecinaba en el grosor de la piel de los zorros, y hasta esta hora de este viernes 28 de agosto de 1987, la ciudad de San Cristóbal de La Habana hizo el amor 157.437 veces.

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