18 de junio de 2008

Calor y Holderlin




En estas tardes de calor sevillano, aunque aplacado por la brisa que nos llega de ese Gualadquivir verdoso, que hoy está así porque los espejos de ese agua están tratando de emular la belleza de las orillas en sombra que peinan güijes, mosquitos, abejas y salmuncaisas, anestesiado por ese termómetro sólido que petrifica el mercurio a una altura inevitable, leo a Holderlin y me alemanizo en un bosque de umbría fresca y húmeda sombra:
Salgo todos los días, siempre buscando algo diferente,
ya he interrogado a todas las sendas del pais,
ya visité todas las sombras y lo alto de las colinas frescas,
y las fuentes; arriba y abajo anda errante mi alma,
implorando reposo: de esta manera huye el ciervo herido hacia
los bosques,
a donde el mediodía era costumbre suya descansar, a la
sombra, tranquilo,
pero el lecho de musgo ya no es deleite para su corazón,
gime insomne, y el aguijón le espanta, inútil ya
el calor de la luz y el frescor de la noche
y baña en vano sus heridas en las olas del río.
Y como en balde tiende para él la tierra sus hierbas
curativas,
y ninguno de los céfiros calma su sangre ardiente,
igual parece, oh, amigos, me pasa a mí, y nadie,
decidme, ¿nadie puede quitarme de la frente el triste sueño?
traducción de Jenaro Talens

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