29 de junio de 2008

¿Cómo descubrimos una buena historia?


Ayer por la mañana Lucini volvió a su terruño capitalino, esa ciudad madrileña donde Baroja iba en alpargatas hasta el Retiro y volvía a su casa derrengado de tanto pensar, solitario y enclenque, viejecito de boina genial. Estuve reflexionando sobre el hecho de contar una historia y sobre el momento en el que una historia se aparece a nuestros ojos como algo nuevo, genial, algo distinto, algo que merece la pena, algo que nos impele a escribirla y ponerla por escrito, algo que nos encadenará durante unos meses o años de nuestra vida para después liberarnos. Muchas veces el paso del pensamiento a la escritura lo damos nosotros, lo da una concatenación de recuerdos y experiencias que empiezan a volar, pasan al estado gaseoso que es donde residen las historias.


Pero hay veces en las que una historia, ya sea originaria de nuestra experiencia, recuerdo o de una invención recordada, se queda agazapada en un pliegue del cerebro y en una chabola del corazón durante muchos meses o muchos años. Y es buena, y es una historia que está obligada a escribirse, que nos obligaría a escribirla si la hubiésemos escuchado atentamente, pero no lo hacemos, hasta que en una conversación con alguien, en este caso con Lucini, en muchos casos con Ana, hasta que en una conversación con alguien la contamos como si tal cosa y de ser una historia pensada y recitada en silencio, pasa a ser una historia gaseosa que se construye en nuestras palabras sonoras y que contándola por primera vez la escuchamos por vez primera. Y solo así, nos damos cuenta de que esa historia que llevaba tanto tiempo oculta, es merecedora de acabar sus días en un montón de pliegos de papel, porque sencillamente es una buena historia. En este caso el diálogo con alguien, el contarle a alguien esa historia en la que no creíamos y el hecho de escucharla contar por nosotros mismos nos ha descubierto las bondades de la historia. Estaba dentro de nosotros pero hasta que no la verbalizamos a viva voz no somos capaces de valorarla en su justa medida.


Pero no siempre ocurre así. Existe otra posibilidad. En una reunión de amigos, o de familiares, de repente alguien nos anima a contar lo que pasó aquel día, aquel suceso del que fuimos protagonistas directos o indirectos, y por lo que sea, en ese momento no tenemos ganas de volver a contar la misma historia que yace insensible en nuestra lengua. Por eso, en ese espacio de amigos reunidos, una de la mañana, la mesa llena de vasos con tintura de uvas y platos con restos de peladuras de naranja y de helado, tras una cena frugal, decimos: Cuéntala tú, que hoy no tengo ganas. Y nuestro amigo, lo hace, y cuenta la historia de la que tú eras protagonista, directo o indirecto. y mientras la cuenta, uno mismo, tú, yo, el protagonista de la historia, la escucha por primera vez y desubre que es una historia genial, ¿Cómo no lo he visto antes?.


La necesaria distancia entre experiencia y escritura, entre realidad e invención, muchas veces viene posibilitada por la extrañeza de la historia, y de su narrador, la extranjeridad del narrador. Decía Cortázar que detectaba un buen cuento cuando tras un tiempo sin saber de él lo leía y sentía que había sido escrito por otra mano, La Mano Negra de los cuentos llamaba a ese fenómeno.


Aquí ocurre algo parecido, la boca negra de las historias, la nuestra o la de un amigo al que le decimos que cuente aquello que no tenemos ganas de contar porque estamos cansados de contarlo, pero que nunca hemos oído como lo oímos cuando lo cuenta otro, y como digo, en ese hueco entre el yo silente y el otro hablante está el impulso, el trampolín de un buen relato.
Nos puede ocurrir a nosotros, pero ya os he dicho, necesitamos contar la historia en voz alta, al espejo, o a un amigo, y si no hay ni espejo, ni amigo, a alguien, a un ser humano.


2 comentarios:

Jesús Cotta Lobato dijo...

Hay otra posibilidad: uno no tiene la historia, ni siquiera los personajes, pero sí una emoción y un escenario y se pasan los años sin encontrar a los protagonistas y el momento, hasta que un buen día las esquivas musas se deciden a presentártelos.

Jabo H Pizarroso dijo...

las musas murieron en el XIX, querido jesús, violadas o drogadas