4 de junio de 2008

Durruti


fragmento de
Campo de batalla libre,
novela inédita de Ismael Filgueira



Tras los primeros momentos de confusión durante los meses que siguieron al alzamiento armado de Franco en África, las tropas leales a la República y sobre todo los batallones formados por voluntarios venidos de casi todos los países del mundo, componían una fuerza latente en estado ruinoso. No disponían de armamento en buen estado. Escaseaba la munición, y la mayor parte de las órdenes que pretendían asegurar un comportamiento unitario y efectivo se perdían en un laberinto de idiomas y de lenguas muy parecido a la construcción errática de una torre babel que sin orden y con mucha voluntad crece hacia abajo en vez de hacia arriba.
De todo esto se aprovecharon rápidamente las tropas nacionales que en casi tres meses llegaron a las puertas de Madrid, obligando de esta forma a replantear la guerra no como una defensa obligada y cuya misión sofocaría en poco tiempo la rebelión de los generales facciosos, sino como una atroz y asumida resistencia que tardó tres años en desfallecer y expirar. El Único entró en combate por primera vez en la defensa de Madrid, durante el asedio a la Ciudad Universitaria, en diciembre de 1936. Eran momentos en los que un habitante de la capital podía ir a las trincheras y a la guerra en tranvía. Diez o quince minutos como mucho.
Los hombres de uno y otro bando peleaban cuerpo a cuerpo en los edificios abandonados de las facultades de Medicina, Agrónomos y Filología. Lo que hace unos meses había sido un eco rutinario y calmado de aprendizaje, armonía de pupitres de madera, lecciones de anatomía, trasegar de alumnos, y voces generosas de catedráticos honorables, ahora se hallaba convertido en un laberinto de Minotauros buscando sangre. Los batallones de choque del ejército de Franco estaban compuestos en su mayoría por marroquíes y navarros. Eran los más aguerridos. Los primeros porque de alguna forma luchaban contra españoles que les habían sometido colonialmente durante decenas de años y así se desquitaban. Los otros porque eran valientes, requetés antiguos, monárquicos viejos, soldados que más que ninguno veían con excesivo fanatismo cómo se desmoronaba la españa que comulga, y se negaban a admitirlo. Por otro lado, los republicanos tenían como vanguardia a los miembros de las brigadas internacionales, e incluso se vieron alentados con la llegada a Madrid de la aclamada columna Durruti, hecho que se coreó y se preparó como un rumor a gritos desde que el famoso anarquista anunció que con la participación de sus hombres la defensa de Madrid estaba garantizada. Ese anuncio y esa esperanza tropezaron con un imprevisto tan inesperado como extraño. Durruti fue asesinado a cien metros del frente, cuando se disponía a “bajar del estribo”. Descendió del coche que le llevaba a la primera línea de batalla y una bala perdida acabó con él. Todo tipo de teorías se han estructurado con el tiempo en torno a ésta muerte. La memoria es mentirosa. La memoria naufraga desde el mismo momento en el que lo que conocemos como memoria se hace concepto y se convierte en palabra: MEMORIA. Cada una de las letras que la componen es algo así como una paletada de arena en la tumba del pasado. Cada vez que se pronuncia,…MEMORIA…, no podemos evitar, sin quererlo, alejarnos de los hechos del pasado que deseamos iluminar. Aún así, conviene rescatar las hipótesis sobre aquella muerte. (No voy a pronunciar más la palabra esa que coloco en mayúsculas para no tentar a la suerte y sobre todo para que éstas hipótesis que expongo a continuación, aparezcan frente a ti, querido lector, cargadas de la mayor verosimilitud posible, sin que nada, y menos una palabra tan cargada de balas como ésa, sigo sin pronunciarla, me estropeen el trabajo).
La primera teoría apunta hacia el escolta que a su vez apuntó a Durruti y disparó cuando éste bajó del coche. Durruti le dio una voz al coger para que se detuvieran frente al Clínico, en lo que hoy es la Plaza de cristo rey en Madrid. En uno de los informes que le habían facilitado sus compañeros se indicaba que uno de los puntos calientes donde más se estaba peleando era aquel hospital. El coche se detuvo y Durruti se agachó para mirar por la ventanilla hacia lo alto. Era un día plomizo, de nubes de sábana, sin pájaros esqueléticos, de postes telegráficos donde las conversaciones de hablantes separados por cientos de kilómetros de distancia runruneaban ateridas de frío. Siento que no dijo nada: Miró hacia lo alto. Volvió sus ojos al coche y paseó su mirada por la nuca del chófer que esperaba instrucciones con las manos apretadas al volante. Luego las miradas se cruzaron, la del escolta, y la de la víctima. El asesino observó con pena la chaqueta de cuero negro usada que llevaba siempre Durruti. Yo imagino esa mirada con la ayuda de una película. Esa mirada tuvo que ser la misma que lanzaba a diestro y siniestro frente a los dos comensales que tenía frente a él, Michael Corleone en el padrino, cuando tras pedir permiso para ir al baño, levantar los brazos para ser cacheado, subirse a la taza del retrete, y coger el pequeño revólver que los amigos de su padre enfermo han dejado allí previamente, vuelve a la mesa y se sienta. Los ojos del escolta por tanto irradiaban rubor, miedo, angustia, deseo, odio, vergüenza, firmeza, frío, desesperación, ira y calma, como los de Michael Corleone. Ese hombre estaba preparado para hacer lo que hizo. Sólo necesitaba un pequeño estímulo sensorial, el ruido de la manilla de una puerta. Durruti se acomodó la chaqueta y agarró la manilla. Plantó una de sus botas en el suelo y el disparo se sintió mudo en toda la plaza. Era uno más dentro de la telaraña de balazos que salían despedidos y agudos desde el Clínico. El cuerpo de Durruti no tuvo tiempo de mirar a su asesino. Cayó al suelo y se fue quedando frío mientras la sangre escribía un ideograma de impotencia en el pavimento. El chófer se giró y no vio el arma, que ya estaba guardada en la sobaquera de la chaqueta del escolta. En ese momento los dos salieron e intentaron reanimar el cadáver de Durruti que seguía escribiendo cosas con su sangre en el suelo. Consiguieron levantarlo y lo metieron en el coche. Antes de salir miraron hacia al Clínico. Los dos. Fue una mirada fugaz, muy rápida. El Chófer debió decir: ¡Qué cerca estaban esos hijo de puta!, ¡Yo no creí que desde esa distancia…!, y se echó a llorar mientras conducía a toda velocidad por la calle princesa en dirección a la solitaria Gran Vía. Por su parte, el escolta tenía el rostro de Durruti en sus rodillas. Sus manos se manchaban de la sangre que manaba de la herida que tenía en la cabeza y que todavía escribía palabras de impotencia con tinta roja. En ningún momento bajó la vista. Clavó sus ojos en la línea de las calles y los edificios que se abrían con extrema rapidez frente a ellos.
La segunda teoría es la que según muchos investigadores prevalece y es la correcta. Yo tengo mis dudas, pero prefiero no plantearlas y contar las cosas como son. Durruti volvía del frente, y se detuvo frente al Hospital Clínico. Había amonestado a un grupo de milicianos que acobardados y asustados habían abandonado sus líneas y les había obligado apuntándoles con el arma a la cabeza a volver a la lucha. Los dos jóvenes, un espigado y esquelético mozalbete de córdoba llamado Julián y otro muchacho que atendía al nombre de Ricardo, no encontraron excusas para evitar esa vuelta y cuando sintieron en la cabeza el cañón agujereado del subfusil que portaba Durruti, aún sabiendo que iban a morir, volvieron por el mismo camino que traían. Una vez en el Clínico Durruti salió de su coche, “un gran packard negro”, según cuenta Louis Fisher en sus memorias, y el subfisil schmeisse MP28 II español, también conocido como un “naranjero”, se le disparó. Estos subfusiles, copias españolas de los originales eran muy peligrosos porque no tenían seguro y por eso muchas veces ocurría lo que en este caso le ocurrió a Durruti. En una de las fotos que le hicieron en el Hotel Ritz, una vez que había muerto, la noche del 20 de Noviembre de 1936, se puede ver en el cuerpo de Durruti la herida de bala bajo la tetilla izquierda. Esta prueba es la que da validez a la teoría del tiro fortuito ésta que hoy por hoy es una de las más extendidas.

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