21 de junio de 2008

España y su espejo

Arconada, mito legendario, en una estirada característica



A Barbosa, portero de Brasil, años después del Mundial de 1950, en el que la canarinha perdió 1-2 en Maracaná frente a la correosa Uruguay, muchos años después, una mujer le señaló en plena calle y hablando para su hijo pequeño, dijo: "Ahí va Barbosa, el hombre que hizo llorar a todo un país". Frase lapidaria que entierra a cualquiera.

En España no está tan arraigada esa mezcla de religión y pasión desmedida que tienen los argentinos y los brasileños por el fútbol. Todavía nadie ha celebrado un gol como el que Maradona le hizo a Inglaterra en México 86 diciendo "gracias Dios, por el fútbol, por Maradona, por estas lágrimas". España es un país curioso, es de las pocas patrias a las que sólo el tiempo une en base a la nostalgia de las derrotas. Cada español elige la suya. Aquí, afortunadamente, nadie señalará nunca a Joaquín con el dedo diciendo: ése es el que falló el penalti frente a Corea y nos hizo llorar a todos. Porque ese fallo iba precedido de un arbitraje injusto que anuló un gol legal del que Joaquín fue mentor, y de una especie de mal fario que siempre acompaña a la selección.

La leyenda que teje una línea de sombra en torno a la Roja es ancha y profunda, y está salpicada de hitos que pesan como una losa, y playas de fantasmas que el mar descubre cada dos años, en veranos como éste. El gol que Platini, de un zapatazo tibio, le coló a Arconada en la final de la Eurocopa 84, o el codazo de Tassoti a Luis Enrique contra Italia diez años después.


En esta Eurocopa, la selección, con un juego templado, con un narrar sutil, valiente y de una paciencia cada vez más deslenguada y voraz, con un centro del campo matemático y suave, lleno de ternura en los pases, en las dejadas y en la búsqueda de huecos verticales que trinchen la defensa del contrario, ha vuelto a ilusionar a todos. Juan Villoro, el escritor mexicano, ha escrito hace poco un libro titulado Dios es redondo. En él reúne una serie de crónicas periodísticas con el único eje temático del fútbol y la pasión que este deporte despierta y aglutina. Pues bien, Villoro se hace eco de un relato del autor francés François Bott titulado Un minuto de ausencia, en el que se recuerda la malapata de Arconada frente a la falta que le lanzó Platini. Villoro explica mediante esa narración lo que le ocurrió a Arconada. Creyó tener amarrada la pelota bajo su antebrazo y volcado sobre el balón que se deshacía tuvo un tiempo de ausencia. Pensó, se evadió con el pensamiento, perdió la concentración, dejó de ser un guardameta para convertirse en un tipo normal y corriente que se pregunta como lo hacía Chatwin cada vez que pisaba un territorio comanche, ¿qué hago yo aquí? Es como si el propio Arconada se hubiera quedado fuera del tiempo, desnortado. Creo que ésa es la enfermedad que algunos deportistas profesionales desarrollan sobre todo en las grandes citas. Recuerden si no el rostro de Djukic cuando iba a tirar el penalti que debía haber dado la Liga al Deportivo en el año 94, o el rostro del propio Joaquín con su penalti mientras pensaba en el gol que les habían robado, o el momento Julio Salinas cuando falla ante Pagliuca en el partido contra Italia. Miroslav hace poco decía: "La jugada, la imagen, el momento, me persiguió durante mucho tiempo, era como una obsesión insana. Un día decidí que no podía seguir pensando en aquel maldito instante, no quería volverme loco".


Ese maldito instante, ese tiempo de ausencia, ese síndrome. Pues bien, ahí creo que se cierra la línea de sombra que todavía no ha cruzado nuestro equipo. Lejos de análisis certeros sobre el juego de Italia como herramienta imprescindible para enfocar bien la victoria, a España lo que le queda es cerrar psicológicamente como conjunto y a nivel individual espacios que den posibilidad a ese síndrome del tiempo de ausencia. Villa no dudó frente a Suecia, no pensó, no se preguntó a sí mismo: ¿regateo al portero, la tiro al poste bajo o recorto al defensa?, y por eso marcó. No pensar, ésa es la consigna. Jugando y no pensando que juegan contra Italia, sólo así ganará España, y llevará a cabo la vendetta de la que habló hace unos días Luis Enrique y nos alejará, a los espectadores, de otra enfermedad glosada en más de una ocasión por Juan José Millás, la enfermedad del domingo. Porque como bien dice Villoro, los partidos se juegan dos veces, uno en la cancha y otro en la cabeza de cada uno de los espectadores. Y a los españoles siempre nos ha tocado perder en los dos. Espero y deseo que esta vez se acaben las imágenes de la nostalgia que llegan desde la derrota, y la selección pase a semifinales. Este partido es mágico se mire por donde se mire, porque en este partido España juega contra sí misma, contra su espejo en la historia del fútbol.


artículo publicado en DIARIO DE SEVILLA y DIARIO DE CÁDIZ, 20 junio 2008


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