12 de junio de 2008

fragmento




fragmento de
Campo de batalla libre,
novela inédita de Ismael Filgueira


Miguel se sentó en una piedra al lado del castillo en ruinas, y señaló hacia los álamos que se movían al lado del trigo seco y observó callado la ciudad en la lejanía. Luego comenzó a hablar, como si no le escuchara nadie, como si yo no estuviera delante, sabiendo que hablaba más que para otro para sí mismo mucho más que para otro.

-Y, de alguna forma, somos hijos del miedo. Todo, la democracia, las libertades públicas, las relaciones familiares, las ocho horas de trabajo, todo parte de esa fuente primordial anudada en el 79 que visualizada nos paraliza y aniquila nuestra capacidad de crítica porque el 79 es un Dios. Nuestra generación estaría abocada al silencio perpetuo y al suicidio si realmente ejercitara su músculo moral con coherencia. No sé, finalmente, qué es lo que dejaremos a nuestros hijos. Un pantano de dolor y cuerpos ecologizados, o un lago de bruma con atardecer viejo. En cualquier caso, por lo menos, obligados estamos a dejar constancia de la grieta en la que nos hemos convertido. El miedo abre los cuerpos y los deja partidos en dos. Las verdades sagradas son las que desgraciadamente paren el miedo, y en ese parto contínuo nos ha ido creciendo la barnba, la nariz y las orejas. Bolaño, en una recopilación de ensayos publicada hace poquito en Anagrama analiza el origen de la actual novela latinoamericana y dice que los escritores actuales vienen del odio y del miedo a las ocho horas, son hijos del proletariado confuso, y con la escritura y por ella huyen de esa galera aniquiladora que surgió de los Tiempos Modernos y de la máquina que tan bien engrasaba Chaplin.

1 comentario:

Sarco Lange dijo...

PARA VER Y PARA NO SABER NADA DE NADA ES PRECISO VOLCARSE HACIA EL MISTERIO DE LA PROPIA DESTRUCCIÓN.