20 de junio de 2008

Hambre de Memoria

Ayer estuve fascinado, impresionado y soprendido observando detenidamente muchas de las imágenes que componen el Archivo Rojo que al que se puede acceder desde Internet y cuyas fotosgrafías están colgadas en una página del Ministerio de Cultura. En Mono Azul, hace un par de años, publicamos Sobre Mis escombros, de Tere Medina-Navascués, una serie de viñetas sobre la guerra civil española llenas de memoria, escalofríos y ternura. Observando las fotos del Archivo Rojo y recordando los pasajes de este sorprendente libro escrito por Tere, se me ocurrió escribir un post integrando pasajes de un lado e imágenes de otro. Así que aquí os lo incluyo.


Nos dirigimos a la boca del metro, escenario del primer episodio matutino, y encontramos un mundo increíble. Desde que uno llegaba a la estación, al andén, empezaba a ver tipos raros con pañuelos amarrados a la cabeza, con grandes patillas a lo chispero. Hasta pienso (¿estaré mintiendo sin querer?) que había uno con un arete grandote en la oreja derecha. ¡Quién sabe cuántas veces le pidieron a mi padre los papeles! Pero creo que no sabían leer. Vieron su retrato, una firma, muchos sellos. Bueno, si lo mostraba con tanta tranquilidad, seguramente debía ser válido. (...)


Después de mucha estática, se oía: Unión Radio, Sevilla” y luego el borrachín de Queipo del Llano empezaba a hablar. Antes que nada, un brindis; y se le oía echarse el chato de manzanilla, paladeado con verdadera fruición. Luego, empezaba con sus cosas. Comentaba las últimas noticias del frente con su aquel alcoholizado sentido del humor. Se presumía titulado de gracioso.
Hubieras querido insultarlo... o apagar el radio. Pero seguías oyendo cómo hipnotizada. Una tarde comentaba el ya muy próximo triunfo de Franco y nuestra imposibilidad de salvarnos, con el mar enfrente por todo camino.
“¿Adónde irán les rojos?”, preguntaba con su tono pastoso, zumbón. Y seguía, canturreando:
“¡Hasta el fondo del mar,
matarile, rile, rile.
Hasta el fondo del mar,
matarile, rile, ron.
¡Pon, pon!”





A Madrid se le llama “la sartén” por lo caliente que es, encajonado entre altas sierras que le roban la respiración. Pero puedo asegurarte que por aquellos días en la sartén madrileña sólo se freía el hambre. No importaba tanto, porque todos estábamos igual. No hubieras podido soportar el olor a guiso escapándose por una ventana ajena. Pero todos estábamos igual. No importaba tanto, porque nos ayudaba la negra honrilla.
Se nos había dicho “!Resistir!”, y ésa era la única meta que reconocía nuestro orgullo.
Por eso, cuando los aviones franquistas tiraron con paracaídas costales llenos de pan blanco y tierno, junto con unos carteles que decían “Rendiros, y tendréis pan como éste”, la gente se acercaba a ellos sólo para mirarlos... y para escupirles encima.
El orgullo puede darte fuerza, mucha fuerza. Puede darte fuerza para decir alegremente: ¡si no tengo hambre! (...)

Mola dijo que antes de que terminara noviembre, estaría tomando su café en Madrid, en la calle de Alcalá. A la puerta del café más importante, en uno de los veladores que se sacan a la banqueta en los veranos, le pusieron una taza bien cargadita, con un letrero que decía:
“Para el General Mola”.
Todo madrileño que pasaba se sentía orgulloso de haber resistido... y de su sentido del humor.
Meses después todavía estaba ahí la taza. Con una gran capa de polvo. Con telarañas. Sólo le habían añadido otro letrero:
“Mola, ¡se te enfría el café!”



Fotografias. Archivo Rojo.
Textos. Sobre Mis escombros, Tere Medina-Navascués, Mono Azul editora.



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