3 de junio de 2008

Volodia


Silueta de Vladimir Maiakovsky realizada por Alexander Rodchenko

El hombre que nos espera en alguna parte.

El barco del amor chocó contra la vida cotidiana”. Volodia, Vladimir Maiakovski, escribió estas famosas líneas, momentos antes de reventarse la tapa de los sesos de un soberbio pistoletazo. Corría el año 1930. Y Maiakovski tenía 36 años. No soportó la decisión de los burocratas soviéticos.
Acababan de prohibir La Chinche y el Baño, sus dos últimas obras dramáticas.
Comenzaban las purgas estalinistas. Se calcula que unos dos mil escritores pasaron por las cárceles de la Lubianka, cerca del Rabat en Moscú. De ellos perecieron unos mil. Babel, Pilniak, Bulgakov. Lo mejor de la literatura rusa de ese momento.
Cuando a un poeta le impiden expresarse le cortan un brazo, la cabeza, o la mitad del cuerpo. A Maiakovski con esa prohibición le pusieron una pistola en las manos. ¿Quién lo mató?
¿Se mató el mismo?
La poesía es la que nos lleva siempre hacia acantilados de belleza o de vértigo. Pero es la vida la que nos empuja o nos dice con una leve voz: tírate, tírate.
Maiakovski en esa bala alojada en un cráneo lleno de versos, dejó también estas palabras:

Nadie es culpable de mi muerte, y por favor, nada de chismes. Los poemas inacabados dádselos a Brik. Ellos los descifrarán. Como se suele decir: Ya se acabó todo, El barco del amor chocó contra la vida cotidiana.
Estoy en paz con la vida. Inútil recordar. No penseis que soy débil. De verdad, no hay nada que hacer.

Le prohiben las obras y se pega un tiro. Elías Canetti nos puede dar luz en torno a esto. En uno de sus libros dice que cuando un hombre recibe una orden de otro, también recibe un aguijón que se le clava en el pecho para siempre. Una orden es un aguijón. A Maiakovski le colocaron aquel terrible aguijón en el espinazo. Tus obras no pueden representarse. Atentan contra la organización que estamos creando. El aguijón aquel, Maiakovski lo convirtió en una pistola y lo minimizó en una bala. Ahora sabemos que su último acto poético fue éste. Matarse. Algo para lo que se preparó durante toda su vida. Sabemos que la poesía instala el ser en la palabra. La poesía preña a la palabra de existencia y la deja suelta para que viva sola, ya preñada y nacida. Maiakovski rebosó su palabra poética de su ser total y llegó incluso a matar el ser dentro de la palabra para que la palabra también fuera cadáver y cuerpo muerto. Los versos de Maiakovski los leemos ahora con la distancia que nos da el año de su desaparición, hace 78 años. En 1915 escribió un libro titulado LA FLAUTA DE MI COLUMNA VERTEBRAL.
Por todas vosotras
a quienes uno ama y ama
icono al abrigo en la gruta del alma,
como copa de vino en mesa de festín,
levanto mi cráneo lleno de poemas.
A menudo me digo:
y si dirigiera la punta de una bala hacia mi propio fin…
Hoy por casualidad
doy mi concierto de despedida.
¡Memoria!
Reúne en la sala de mi mente
las innumerables pilas de seres queridos.
Haz que la risa se trasmita de ojo a ojo.
¡Que la noche se vista de bodas pasadas!
Danos la alegría de cuerpos y cuerpos.
Que nadie pueda olvidar esta noche.
Hoy tocaré la flauta
von mi propia columna vertebral.
Durante sus dos últimos años, sus amigos y conocidos cuentan que Maiakovski llevaba siempre una o dos pastillas de jabón en la chaqueta. Se lavaba a todas horas las manos. Se estaba preparando para la limpieza de la muerte. Lleno de versos y de poesía, no le quedaba otro remedio. El genial ruso que decía: el poeta, como una puta debe acostarse con cualquier palabra, muy pronto en Mono Azul editora.




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