31 de julio de 2008

la fuerza de Lino Novás Calvo


Hace unos días, en una conversación con un amigo, surgió el asunto un tanto espinoso acerca de la valía real y futura de un escritor...



Este amigo me comentaba que cuando se le acerca un joven escritor con un texto, lo primero que hace es ponerle contra las cuerdas con esta pregunta: en primer lugar, ¿tú quién quieres ser, Alejandro Dumas o Lautremont? Dos caminos parecidos para llegar a un destino diferente. He utilizado los nombres de autores requetemuertos para no levantar sospechas ni promover suspicacias baldías. El camino de un autor que goza del fervor popular, que consigue vivir profesionalmente de la literatura y es un super ventas o el camino de aquel que escondido como una ardilla roe la madera del anaquel donde quien sabe, la historia vendrá a rescatarle y a honrarle. Pues bien, recuerdo ahora la lectura de un poema de Pasternak que echaba más leña al fuego sobre esta cuestión. Cito de memoria…No duermas, artista, no duermas, y al sueño, artista, no te entregues, eres el azote de la eternidad / prisionero del tiempo.
Existen, si seguimos la fuerza poética de Pasternak, dos cárceles: un escritor es prisionero de su tiempo, del tiempo en el que vive, o lo es del tiempo en grande, de la eternidad. Una cárcel lleva a la riqueza, y la otra a la miseria. Los dos caminos aportan prestigio, pero puede que uno de ellos, el que encarcela al escritor a la eternidad, aporte un marchamo literario de más enjundia. Los pobres bohemios algún día, cuando mueran, tendrán el reconocimiento que se merecen. Todo hay que decirlo, con esta premisa son muchos los que se han ahogado en el anonimato y pocos los que han sido rescatados por una mano milagrosa del estanque de las angulas, o sea, de la confusión de los tiempos, y tienen en una ciudad cualquiera una estatua o una calle con su nombre.
El éxito y el fracaso son las primeras migas de pan en este cuento donde Hansel y Gretel no aparecen por ninguna parte. El éxito es la miga que indica el camino hacia la casita de chocolate y el fracaso es la que lo indica hacia el bosque. O puede que sea al revés. Lo cierto es que las dos son migas de pan, indiscernibles e igualiticas y lo que está claro es que alguien que escribe está solo y de esa soledad no le saca ni Dios.
Sigamos. Como para casi todo, no existen recetas decentes, y los manuales de instrucciones que algunos airean: Como escribir un best-seller en dos tardes, o, como convertirse en un gran escritor no pasan de ser un mero divertimento que no soluciona la papeleta de nadie. Aunque a veces hay excepciones que rompen esta regla. Hay dos aspectos que a mi entender deciden el camino. El primero de ellos es la suerte, pero recordando a Pablo Neruda y su definición, la suerte es el recurso de los cobardes, lo llamaré “estar en el lugar adecuado y con las personas adecuadas”. El segundo aspecto que decide por uno es, creo, algo más metafísico y si cabe espiritual.
Un hombre, o mujer: un escritor, o una escritora lleva una obra dentro, una obra determinada, concreta. A lo largo de su vida podrá exprimirla en toda su grandeza o no, eso depende de lo gastada que deje la silla donde escribe, pero esa obra ya ha decidido por uno mismo y se ha encarcelado ella sola, en una, o en otra cárcel. El autor de esa obra, por tanto, es otro reo, esta vez de sus páginas. Y en uno y otro bando se encuentran escritores que envidian a los de en frente. Grandes escritores renombrados, cotizados y garantes de libros exitosos y muy vendidos que anhelan esa crítica que los coloque al lado de aquellos pobres bohemios que en vida no vendieron más que un puñado de ejemplares y apenas fueron conocidos, pero que han superado las barreras del tiempo. Y otros grandes escritores que destilan su obra con delicadeza, sin probar las mieles del triunfo, y siguen, aunque apenas vendan libros, apostando todo a una carta, una carta oscura y arriesgada, el reconocimiento futuro. Mis hijos y mis nietos, esos sí que vivirán de esto. Me decía hace poco un escritor de este tipo. Pero en el fondo lo dicen con la boca chiquita, porque les gustaría que ese reconocimiento les llegara en vida en forma de cheques sustanciosos y ventas admirables.
Vuelvo al primer aspecto que es el que me permite llegar al lugar donde quiero llegar. Hay “que estar en el lugar adecuado y con las personas adecuadas”. O lo que es lo mismo. El tren solo pasa por delante de tus narices una vez en la vida. O lo coges, o te quedas en la estación. Pero ¿qué tren?, porque ese tren del que habla la sabiduría popular es un tren fantasma, que no se oye, que no bufa cuando atraviesa el anden y que no se ve. ¿Y quien se lanza a los raíles vacíos en busca de un fantasma que te puede aplastar o que te puede acoger en un vagón mullido? Esto que voy a decir, aunque suene muy marxista, y ahora estas cosas no marcan tendencia alguna, tiene mucho que ver con todo esto. También sin quererlo y sin saberlo, el escritor imprime más que a su obra a sus actos en vida, a sus actos públicos y privados, a sus opiniones extraliterarias y a sus artículos, y si me apuran a sus tertulias radiofónicas o televisivas, una impronta ideológica que le sitúa en la sociedad y le diseña su propio código de barras mediante el cual la pistola láser de la audiencia le catalogará. Sin saberlo se ha convertido en una mercancía que tiene muchos compradores ahora o que los tendrá en el futuro. Esa mercancía lleva adherida una etiqueta ideológica. No es cuestión de entrar ahora en la validez de las etiquetas de un color o de otro. Todas pueden llevar al éxito o al fracaso, depende de qué color sean las olas que muevan las mareas. Pero es importante destacar el la importancia de esta etiqueta ideológica. Sin ella, quiéralo o no lo quiera el escritor, una sociedad no puede deglutirlo. Sin ese código de barras un libro no entra en la base de datos de una librería y por lo tanto no se vende, se queda aislado en un rincón del almacén..
Pero tras esta exposición no exenta de arquetipos y de esquemas, que no siempre encajan con la variopinta realidad, existen casos de escritores que desmienten todo lo dicho anteriormente y cuya vida y cuya obra parece no amoldarse a ninguna de estas características. Un día habría que escribir un libro acerca de ellos: Manual de la literatura sin suerte, lo llamaría yo.
Uno de estos escritores es Lino Novás Calvo. Español de nacimiento y cubano de adopción, nació en una pequeña aldea gallega en el año 1903. Debido a las condiciones miserables en las que viví,a su madre tomó la terrible decisión de mandarlo a emigrar a Cuba, a que hiciera fortuna con un tío suyo. Este momento traumático es la fuente de uno de sus cuentos titulado La Primera lección, en el que no podemos dejar de pensar en el propio autor cuando vemos al niño protagonista, con siete u ocho años, camino de América, “Detrás de ellos iba el nieto, como un niño perdido, con su saquito al hombro”.
A mi entender, nunca, nunca hasta esta ocasión un diminutivo –saquito- ha desarrollado en mí como lector tanta fuerza dramática. En Cuba Lino Novás Calvo trabajó de recadista, empleado de fondas y tabernas, carbonero, chófer de alquiler, y estudiaba inglés por las noches en una academia nocturna. Quiso ser boxeador y por las tardes y por las noches subía a la azotea de la casa en la que vivía para entrenarse con el aire. Este fue seguramente el entrenamiento más duro, y quizá el más simbólico, el que ilustraría metafóricamente toda su vida. Pelear contra la nada, y recibir la respuesta de la nada.
Vivió en Nueva York como emigrante ilegal y volvió a Cuba donde siguió trabajando como taxista. Comenzó poco a poco a escribir artículos y cuentos en distintas publicaciones y en los años treinta fue enviado a España como corresponsal para el periódico Diario de la Marina. Allí conoció a distintos intelectuales españoles pero mucho menos de lo que esperaba. Esperaba lanzar su carrera, encontrar en el país adecuado el entorno adecuado para desarrollar su obra. En España vivió de lo poco que recibía de su trabajo como corresponsal y tradujo a Faulkner y a otros autores. Por él conocimos la obra Santuario y accedimos por primera vez a leer a Faulkner. Militó en la Fai y en el año 1933 publica Pedro Blanco, el negrero, su obra más conocida. Por ese tiempo Miguel de Unamuno avaló aquel libro y aquel aval le dio un cierto prestigio. La guerra civil española le pilla en Madrid. En sus cartas da cuenta de la barbaridad de los acontecimientos que está presenciando y se pone a escribir una obra, una novela que el azar del destino nos ha arrebatado. En el año 37, durante el II Congreso de intelectuales antifascistas en defensa de la cultura es acusado por un tal Carmona Menclares de haber escrito artículos en contra de los mineros asturianos. Frente a un auditorio de mil escritores, aquella acusación es el pórtico de un pronto fusilamiento. Es llevado al palacio Spínola, donde por las noches Cernuda, Alberti y otros realizan sus fiestas de disfraces en medio de los desastres de la guerra. La acusación se esfuma ya que no se encuentran pruebas y María Zambrano, Bergamín, Neruda y el propio Alberti testifican a su favor.
Asiste a la muerte de un compatriota, Pablo de la Torriente Brau, de quien Miguel Hernández dijo en un poema: De una forma vestida de preclara / has perdido las plumas y los besos, / con el sol español puesto en la cara /y el de Cuba en los huesos. Y esto le deja una profunda huella. En 1938 se dirige hacia Barcelona, paralelo este viaje a la retirada del ejército republicano que ya se huele en el aire, y que espera, sin éxito, el estallido de la segunda guerra mundial ante la impasividad de los gobiernos democráticos europeos. Se casa sin saber que la legalidad de ese matrimonio será más adelante papel mojado. Atraviesa los Pirineos y esquiva como puede los campos de concentración franceses donde se pudren los derrotados de la guerra. Mediante la ayuda de unos amigos cubanos radicados en Francia consigue abandonar ese país de regreso a Cuba y se aleja en sus propias palabras, “con toda la tragedia de España sobre el alma y un trapo sobre el cuerpo”.
Entre los años cuarenta y mediados los cincuenta, Lino Novas Calvo publica sus dos grandes libros de cuentos, LA LUNA NONA, y CAYO CANAS. Es la cumbre de su carrera, y en palabras de otro escritor cubano, Jesús Díaz, el momento en el que se suicida como escritor. Durante estos años pierde el interés por lo que escribe, sin saber porque nadie se lo dice, ni la crítica, ni el público, porque nadie le puede decir, sólo se lo puede decir él mismo, y eso es casi imposible, que la obra que está escribiendo está entre las mejores que se están escribiendo durante ese siglo, el XX. Y confiesa su profunda inquietud de esta forma: habría que preguntarse por qué mi generación ha dejado de escribir. Creo que lo que uno escribe es como una mercancía, si no es aceptada pierde valor. Y uno no puede estar haciendo todo el tiempo lo que no es aceptado. Pero como menciona Jesús Diaz en el prólogo a la obra de Lino Novás Calvo que se publicó en Cuba en 1990, Lino disponía en ese momento de mucho mayor reconocimiento internacional que autores como Virgilio Piñera, Lezama y Carpentier. Y sin embargo estos superaron ese sinsabor, y siguieron haciendo todo el tiempo lo que no es aceptado. Tenía prestigio, pero no podía subsistir con lo que escribía y eso le mutiló. Dedicó sus esfuerzos a un nuevo trabajo muy relacionado con la literatura, el periodismo y se convirtió en el subdirector de la revista Bohemia, una de las más importantes de la época, incluso, cuando triunfó la revolución cubana fue designado como miembro del jurado del primer premio Casa de las Américas. Pero él no aceptó esa revolución. No estaba en condiciones de percibirla en su primera transparencia, puede que a causa de ese juicio extraño y terrible al que fue sometido en la guerra civil española, algo que le alejaba de cualquier experimento revolucionario como el perro se aleja del palo. Y se exilió a Miami, y sin quererlo, el mundo no pudo ponerle ese código de barras que avaló a tantos escritores del boom, el código ideológico cercano a los postulados primeros de la Revolución Cubana. Algo que incluso avaló a Vargas Llosa, aunque más tarde tomara otros derroteros y se tatuara otros códigos de barras distintos. En esa confesión escalofriante, Lino Novás Calvo dio en el clavo. Para alguien que escribe y desde la inconsciencia crítica acerca de lo que escribe que es el agua en el que nada todo escritor, leer “Y uno no puede estar haciendo todo el tiempo lo que no es aceptado”, es demoledor. Y si leerlo es demoledor, escribirlo debe ser, me figuro, aplastante. Lino Novás Calvo cogió el tren fantasma del que hablábamos antes a tiempo, pero decidió bajarse en un apeadero cualquiera porque ese tren no era una ilusión doble, la del prestigio contemporáneo y la de la escasez económica, y volvió caminando a la antigua estación. Ahora podía reconocer la silueta del tren fantasma, aunque no lo oyera, aunque no lo viera, pero no lo cogería nunca más. En Miami publicó otro libro de cuentos, maneras de contar, pero ya nunca sería el mismo. Aunque no lo creamos toda esta biografía y la obra de este autor está teñida de este y otros misterios. ¿Si Lino hubiera perpetuado ahora seguiríamos teniendo a ese Lino Novas Calvo de Long Island, uno de los mejores cuentos de la literatura?- Tajantemente digo que sí. Pero si hubiera perpetuado en su constancia como escritor, haciendo todo el tiempo lo que no es aceptado, habría podido él mismo conseguir el dinero adecuado al prestigio de su obra y vivir profesionalmente de lo que escribía. Nos quedamos con la duda. Creo que hizo lo que hizo por una sencilla razón. La clave está en ese sustantivo en diminutivo: saquito. En ese saquito viajaban y viajan hoy todavía por el mundo las escasas pertenencias de un niño pobre de siete u ocho años que es enviado por su madre a otra parte del mundo, porque ella misma, la que le dio la vida, no puede darle un sustento digno y seguro. La madre lo lanzó a un sueño y a un futuro mejor. Pero con ese saquito rondando por ahí, tarde o temprano uno siente la tentación de renunciar y al final renuncia, y en la renuncia, nunca lo sabremos, se esconde ¿el éxito o el fracaso?...

1 comentario:

Alejandro Lérida dijo...

Solo quiero dejar constancia de que yo también existo, y para esto os he adjuntado como botón de muestra un poema (o punta de lanza de los otros) que me está pidiendo a gritos una publicación. Espero, porque aún es posible esperarlo, que lo consideréis en su justa medida, y a ver qué se puede hacer por él (y por tantos como tengo): si merece o no otro horizonte que no sea el del cajón.

COMPAÑEROS DE VIAJE

París paralizada por la niebla...
Es la noche que pasa igual que un río
despacio hacia otro día
en que posiblemente estemos solos.

El humo que se esfuma de mis labios
y el tímido destello del cigarro que fumo
—simulacro de un beso—
me acompañan
mientras camino y busco
alguna compañía en amistad. A veces
la noche se detiene en cierta esquina,
enhebrando mis ojos con historias ilusas
de princesas efímeras con reino en este mundo
de amor adulterado y tanga azul diurno,
y hay lágrimas que crecen
como flores salvajes.

La ciudad te imagina, cada noche
se acumula en mi voz para saber de ti,
porque te he visto a ti
entre todas las otras
precedida del fuego bajo tantas estrellas.
Pero no dices nada
y miras a otro lado:
te hacen daño los hombres
que luego son caricias
cuando el dolor te llena con más delicadeza.

La noche que saquea mis bolsillos
te pide algún destino para mí
y tus labios,
esa última velada que te debe la vida
y una mesa indulgente para dos
en aquel restaurante con tu nombre,
en la noche de amor que nunca imaginamos
más tarde, en un hotel del fin del mundo.

Ha bajado la lluvia su telón.
Y me besas.
Y me muerdo la boca
pronunciando tu nombre.
París, este poema
es el precio que pago por echarte de menos.

Recuerda que no hay nada sencillo en el amor
ni vestido más bello
que una mujer desnuda que me abraza
al final de algún sueño que apenas recordamos
o al principio de otro.

Bajo la Torre Eiffel,
entre las piernas de París.

Y todos los caminos son hermosos
si llevan a París.

Por si os interesa, me podéis encontrar en: http://enarmascontralasoledad.blogspot.com/