21 de agosto de 2008

En Memoria de MEMORIAS

ELISEO ALBERTO. MILENIO.COM. 21 AGOSTO.2008
“Todos los que me querían y estuvieron jodiendo hasta el último minuto se han ido ya”, hace decir el escritor Edmundo Desnoes a su personaje Sergio, el burgués-narrador de Memorias del subdesarrollo (1967) en la primera línea de la extraordinaria (y a veces olvidada) novela. Así echa a andar un monólogo que avanzará paso a paso, palabra a palabra, sobre la cuerda floja de la peor de las soledades imaginables: la de estar perdido en el epicentro de una multitud. Y no una multitud cualquiera: una masa en revolución. Y no una revolución cualquiera: la cubana de los años sesenta. Y no de cualquier año de esa década espectacular: corre 1962, se impone el mes de octubre, la Unión Soviética ha sembrado en el Caribe varias bases con misiles nucleares de mediano alcance (apuntando hacia Estados Unidos) y mientras Kruschev y Kennedy arreglan por teléfono sus mutuas sinrazones sin contar con Fidel Castro, los habaneros calan trincheras en el malecón, dispuestos a irse al carajo en una confrontación sin precedentes en la historia de la Humanidad, desde aquella paradisíaca primavera de Adán y Eva hasta ese invierno enloquecido por la amenaza de un hongo atómico a la vuelta de la esquina.
Los nortes enviaban olas contra los arrecifes. El cielo estaba tapado con nubarrones de pólvora. La Pelona izaba las banderas. Los adolescentes de entonces (yo tenía once años) no queríamos morirnos sin aprender a bailar María Caracoles, el rítmico Mozambique de Pello El Afrocán. Si “los americanos” llegan, nos sorprenderán rumbeando. Esa es la consigna: “Aquí no se rinde nadie. Primero se hunde la isla en el mar que derrotados”. Y el mar sabe tragarse Atlántidas de una mordida: el mar es simplemente hambriento.
Sergio (el personaje literario) camina por las páginas de esa ciudad donde las mujeres miran a los ojos sin avergonzarse. El miramiento se convierte en desafío; el desdén, en seducción –el señuelo en cortejo. A gozar y guarachear, mami, que el mundo se va a acabar, papi. El reflexivo antihéroe de Desnoes nunca había visto a su pueblo así, tan de cerca y tan desnudo. Vive o resiste en un amplio departamento, en el último piso de un edificio de “gente rica”. ¿Es permitido el diálogo entre dos clases sociales opuestas, al menos antagónicas en los manuales del marxismo-socialismo? La respuesta parece ser NO, sin duda, pero tal vez valga la pena el intento pues el solo esfuerzo permite la convivencia, a pesar del fidelismo (que no fideísmo) o del castrismo, según lo que se entienda por el vocablo fe. Un mundo se acaba y otro comienza. ¿Qué quedará en el segundo del primero? ¿Cuál es la herencia? ¿Continuidad o ruptura? Las revoluciones no dejan mucho tiempo libre para que el ciudadano de a pie se haga esas preguntas. La marcha es a paso forzado, al compás de los himnos militares. La justicia social prevalece sobre la justicia individual. Importa la manada no la oveja: la colmena antes que la abeja. La tragedia rige el destino de la Historia con mayúscula.
Caminando y caminando, pensando y pensando, Sergio entra por suaves disolvencias en el celuloide de la película más tremenda que ha producido el cine cubano, y ahora, para siempre, se convierte en el actor Sergio Corrieri, la estrella del momento, y se deja conducir por un director culto, polémico, revolucionario de verdad llamado Tomás Gutiérrez Alea, alias Titón, él único que podría tocar el clavicémbalo en medio del caos, el gentío y la absurda hecatombe. Ese tema, la probable conciliación, lo obsesiona y a su clarificación el autor de La muerte de un burócrata dedicará buena parte de su obra futura: el conde y sus esclavos en La última cena, la alta burguesía y el lumpen-proletariado en Los sobrevivientes, el intelectual y el obrero en Hasta cierto punto, el gay y el heterosexual en Fresa y chocolate. El genial Leo Brouwer compone la música. La fotografía está a cargo de Ramón F. Suárez y la producción en manos del incansable Miguel Mendoza. Dos jóvenes actrices acompañan a Sergio en su aventura de sobrevivencia: Daysi Granados y Eslinda Núñez.
Memorias del subdesarrollo, el filme, está cumpliendo cuarenta años y parece que fue estrenado ayer y no el martes 19 de agosto de 1968, diez días después de que el horrible asesinato de la bella Sharon Tate estremeciera la comunidad cinematográfica –y justo cuando estaba terminando el interminable Festival de Woodstock, aquella sicodélica fiesta donde cuatrocientos mil hippies nos propusieron hacer el amor y no la guerra. Ese martes llovía en La Habana y los cientos de espectadores que llegaron al estreno simultáneo en los cines América, Radiocentro, Mónaco, Tosca, City Hall y Metropolitan no sabían que serían testigos de un acontecimiento determinante de la cultura cubana.
Alea y Desnoes nos invitaron a pensar que era posible lo imposible. Gracias.

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