17 de septiembre de 2008

El misterio literario

La literatura se hace desde la intensidad, un campo frío como otro cualquiera, un lugar que está alejado de nosotros y que sentimos más cerca que lo que sentimos nuestro pálpito o nuestros pulmones. El misterio literario es paradójico como el del arte. Ahí reside su caracter inaprensible. Kundera en el arte de la novela dice que la novela es un territorio, "es el territorio donde se suspende el juicio moral". Y en nuestros días corren malos tiempos para conseguir aplicar esta definición de Milan, del autor de la broma.
Se suicidó David Foster Wallace, otro autor de otra broma, esta vez "La broma infinita". El periódico PUBLICO el otro día titulaba el artículo sobre la muerte de este autor con estas palabras "Se acabó la broma". La vida es una broma y la literatura le da la seriedad. La vida es algo serio y la literatura juega a bromear con la vida. Wallace se ahorcó, y predijo en algunos escritos lo que iba a hacer, como Maiakovski, casi como Vallejo que no acertó por poco a definir el día de su muerte, y le pasó un poco como a Andrés Hurtado, el alter ego barojiano, el protagonista de El Árbol de la ciencia:
-¡Ha muerto sin dolor!. murmuró Iturrioz-.
Este muchacho no tenía fuerza para vivir. Era un epicúreo, un aristócrata, aunque él no lo creía.
-Pero había en él algo de precursor-murmuró el otro médico.
Hacemos literatura cuando nos dejamos morir un poco mientras dos tipos que apenas nos conocen hablan de nuestro cadáver. De ahí rescatamos lo exacto, la verdad nuestra que yace en cada segundo en el que nos lanzamos a escribir. Y cuando de nuestra escritura sale algo literario somos un poco cadáveres, porque somos verdad, por una vez, por una santa vez. Y ahí se suspende el juicio moral, como se suspende el juicio moral sobre los muertos. "Era un tipo excelente" dicen todos cuando te ven con la lengua fuera y los ojos vueltos del revés, mientras te tiran paletadas de arena sobre la cara. Más tarde, por la noche, habrá que salir del ataud. Pero podemos hacerlo con la técnica Kill Bill de Quentin Tarantino, que no Compson, ese también se las trae, mi querido Faulkner.

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