11 de septiembre de 2008

hijos de emigrantes

Ahora se ha levantado un viento fresco que neutraliza casi del todo el calor de horno que llevamos pasando estos días en Sevilla.
Algunos niños siguen jugando en los columpios del fondo, al lado del círculo de palmeras y los botelloneros con la ele y el coche tuneado pasan de vez en cuando con su chirrido de voces y su ímpetu de potros salvajes. Esta mañana, cuando esperaba a Ana que tenía que hacer unas gestiones en la guardería a la que va nuestro hijo, y mientras hojeaba algunas noticias en el periódico, creo recordar que estaba leyendo un reportaje de Jose Andrés Rojo sobre el Ché Guevara, se ha ido colando en mis oídos la conversación que dos madres mantenían a la puerta de la guardería. Cuando ocurre eso dan ganas de presentarse y de entrar en ese diálogo que surge así y del que interesan algunas cosas. Pero por un exceso de timidez no lo he hecho y he seguido mirando el periódico, que no leyéndolo, porque para ese momento estaba ya enfrascado en la conversación que había empezado a escuchar.
Las dos mujeres hablaban de sus niños, que ahora tienen dos años y de las posibilidades que se abren de cara al año próximo, cuando tengan que escolarizarlos en un colegio público de la zona. Y se referían a un colegio en concreto, cercano al lugar donde ellas viven. Una no tenía toda la información sobre ese asunto y la otra ha tratado de ilustrarla. Cito de memoria sus palabras: A mi hijo también le corresponde ese colegio, porque está tan cerca de mi casa como de la tuya. Vamos, que también le corresponde al tuyo, pero fíjate, todas las que yo conozco están sacando a sus hijos de allí, porque el colegio se está llenando de hijos de emigrantes. Y yo no sé qué hacer.
De vuelta a casa, en el coche. Le comento la situación a Ana, y analizamos un poco las cosas. Le digo: En 20 años en este país vamos a tener unos problemas del carajo. Y ella me responde: Va a pasar lo mismo que pasó en Francia, lo de los coches quemados y esas cosas.
Estoy de acuerdo con Ana. Los guettos de hoy son los coches quemados de después. Cuando yo estudiaba en Cuba, uno de mis colegas, Vito Collauti, un argentino cinéfilo y reflexivo como pocos, un pequeño filósofo de los fotogramas, me decía de vez en cuando, "lo que no sabe la clase media burguesa europea es que va a acabar asesinada el día menos pensado a la puerta de su casa. Y va a ocurrir así porque han desatado el miedo, y tienen miedo a todo, y cuando un sector con poder y establecido y acomodado empieza a tener miedo, empieza a sembrar y a crear asesinos y maleantes por todas partes"
El miedo al otro es el verdadero infierno.

2 comentarios:

Eduardo dijo...

En efecto, la cosa es más grave de lo que parece. No ocurre que un buen día un país amanezca plagado de problemas, sino que los problemas se van creando día a día hasta que llega un momento en que se hacen insolubles y el único remedio que se en-cuentra es mandar a la policía. En nuestro caso, además, más de una vez me he pregun-tado qué se creen los españoles que son, qué dignidad piensan que les ha conferido la historia, de qué título se consideran en posesión para tratar a los inmigrantes –es decir, principalmente africanos y sudamericanos pobres, que si son ricos es harina de otro cos-tal– con ese desprecio que empieza a surgir entre los más humildes. Porque, curiosa-mente, las clases sociales más bajas son las primeras en añadir su propia suerte a la es-tabilidad del sistema y en repudiar a los que llegan de fuera en cuanto las cosas se ponen un poco feas. Por clase social no hay que entender sólo la económica, claro está, sino también la mental. Teniendo en cuenta que en España una y otra parecen ir a peor, me temo que el futuro de esta gente no es demasiado esperanzador.
Por ejemplo, hay un concepto terrible que se ha extendido entre la sociedad, la prensa, los políticos, etc.: el de inmigrante de segunda generación. Y es terrible no por el hecho de ser inmigrante, sino porque no tiene ningún sentido excepto el miedo que entraña a los hijos de los que han venido. Sencillamente, un inmigrante de segunda ge-neración no es un inmigrante, sino tan español como cualquiera. Sin embargo, al califi-carlo así lanzamos sobre él una losa de la que no se librará desde su nacimiento hasta su muerte y que en el fondo viene a decir: nunca serás uno de nosotros.

Jesús Cotta Lobato dijo...

Una solución sería asimilarlos, hacerlos europeos del todo, no animarlos al culturalismo. Así les hacemos un favor y nos lo hacemos a nosotros mismos. El problema es que Europa no está segura de sus propios valores, no sabe bien qué quiere y se limita a tener, como dices, miedo. Un abrazo