29 de septiembre de 2008

Ni peces ni panes


El señor Stiglitz, Nobel de Economía, asegura que la crisis mundial en la que estamos inmersos es al capitalismo lo mismo que la caída del Muro de Berlín fue para el comunismo. Un cambio de época. Se ha caído el capitalismo, nunca mejor dicho, del muro en el que todavía ríe Haumpty Dumpty mientras Alicia se pregunta qué coño quiere decir la palabra especulación. Hace unos años, los universitarios, me refiero a los noventa, en Madrid, despegaban sus legañas del sueño con libros como Asalto Al Poder, de Mario Conde, en colegios mayores donde la palabra "pelotazo", y "negocio rápido", eran casi asignatura en las facultades de economía. Invertir y maximizar el beneficio era la regla de oro, porque el mercado era el gran tótem. Y desde que Boris Yeltsin se subió a un tanque para detener el revisionismo golpista de los generalotes rusos del PCUS, creo que por el año 89, el miedo al intervencionismo estatal se convirtió en regla divina. Del miedo a la prohibición siempre hay un paso mínimo.

La semana pasada, en un discurso a la nación, el presidente George W. Bush, pronunció unas palabras a mi entender históricas. Comenzó diciendo que él siempre ha sido un firme defensor de la "libertad privada", pero que en los momentos en los que nos encontramos hay que actuar de tal manera que el estado intervenga en la economía para salvar y tapar los agujeros provocados por los "chicos de wall street", los que han descosido la tela que con tanto mimo tejía y destejía la penélope obrera. Ulises cuando volvió a Itaca solo fue reconocido por su perro Argos. Convocó a todos los que intentaron que Penélope cosiera otra cosa para ellos y olvidara a su esposo, y se los cargó a todos. El agujero económico que ha provocado la crisis internacional, la tela rota del asunto, se está parcheando con dinero estatal que forma parte de los ahorros de los contribuyentes. Lo que ha hecho el "dream team del liberalismo" de wall street lo vamos a pagar todos. ¿Y cómo se entiende?. De nuevo la palabra mágica: Miedo. Si no lo hacemos ahora, insinúa Bush, la situación va a empeorar. Pide un esfuerzo. Es como si estuviéramos en guerra. "Sangre, sudor y lágrimas". Pero las normas reguladoras que han provocado este descalabro por ahora no se tocan y los beneficios que se han embolsado los protagonistas de estas crisis están tomando el sol en las islas caimán, protegidos bajo una palmera, como el cofre del tesoro de los piratas.

Sï, una nueva época, pero todavía en bragas. Con un sector conservador descoyuntado porque se ha dado cuenta de que el mercado no es lo que era y con una izquierda desmontada a golpe de discurso deslegitimador. Buenos tiempos para ensayistas y malos tiempos para el pan y los peces, para el bolsillo.

Y el rey, desnudo, el mercado y la regulación entre oferta y demanda, esa mano blanca que hace que todos vivamos bien, se han quedado en pelotas, literalmente. Ya es hora de que los niños griten al rey y digan la verdad, porque por lo que se ve, solamente los niños pueden hacerlo.

Y no está de más volver a Carlitos, sí, a Karl Marx, uno de los filósofos que mejor ha dignósticado el sistema capitalista en el que vivimos. Al trabajador solo le quedan dos opciones, si el capitalismo prospera y se desarrolla, tendrá más trabajo y será un esclavo. Si al capitalismo le van mal las cosas, se convertirá en un pobre de solemnidad. ¿Qué es lo que marca todo esto?, la moderación salarial. Cuando al capitalismo le van bien las cosas hay que moderar los salarios, cuando le van mal, también hay que moderar los salarios. Y no solo eso, cuando los especuladores meten la pata, la parte del salario del trabajador que se convierte en dinero público estatal hay que dedicarla a tapar el agujero de aquellos tipos a los que mi querida Alicia no entiende, "los chicos buenos de wall street".

Gracias Vladimir Propp.

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