21 de octubre de 2008

Jorge Oteiza, el poeta del espacio y su alma


Se hacen cien años del nacimiento del escultor, filósofo y pensador Jorge Oteiza. Cien años desde que naciera en Orio. Cien años de un pensamiento que no acabó con su muerte y de una forma de concebir el arte radical, cuanto entendemos, ahora que esta palabra está tan denostada y tan maltrecha y tan chupada por golosos que no la entienden, cuando entendemos radical como una vuelta a la raiz de las cosas, simple y llanamente. Euskadi, su tierra amada y odiada, descuajada y descuartizada, donde buscó la huella siempre del mito fundacional de la cultura vasca, ... el cromlech, la arquitectura mínima, sigilosa y pequeña, el micropoema del hombre neolítico, ese territorio está lleno de esculturas de este genial y muchas veces incomprendido creador. Sus cajas metafísicas que buscan atrapar esa quintaesencia del espacio que es el vacío que habla, el hueco que nos pone en contacto con lo más intenso y profundo de nosotros mismos. O sus estructuras de cubos cerrados y de aristas duras y perfectas que llegan a presentar una suavidad de magma, un tacto suave de sueño atrapado.
Recuerdo una situada en el boulevard de Euskal Herria en Vitoria-Gasteiz, en una rotonda cerca de un edificio de telefónica, por donde cruzan cientos de coches diariamente haciendo círculos concéntricos en torno a este hueco cerrado y tapiado a los ojos ciegos, que miran la escultura sin dejarse llevar por su forma, sin entrar en ella, gran ironía de Oteiza, cuando pasó de abrir huecos en sus cajas metafísicas a cerrarlas completamente para no perturbar el hueco de las formas con las miradas indeseadas del juicio estéril, y sobre todo para sellar el encuentro brutal de una vida con ese vacío que nos crece dentro y que nos conecta con la muerte desde un silencio que escucha y que habla. Vasquizado y desvasquizado y vuelto a vasquizarse, envuelto en trifulcas políticas que marearon su obra hasta límites insospechados y hasta preguntas, como aquella que le hizo un periodistas cuando se inauguró la escultura ésta del Boulevar en Vitoria. ¿Qué quiere decir con esta escultura?, fue la pregunta y un Oteiza avejentado y lúcido como nunca, clavó sus ojos de fiera blanda en el joven y le dijo, "Mírala, ¿no ves que te está hablando?.
Renace Oteiza en los cromlech del norte de Navarra y en conferencias en Alzuza, su casa Museo, en Donosti y en Bilbao y en las Universidades de Estética, donde su libro Quosque Tandem sigue generando debates y abre caminos nuevos en los creadores que no se casan nada más que con su vida pura y con su muerte libre.
Hay en física un Efecto Dopler, que se refiere a la multiplicación expresiva (elevación del tono, aumento de la frecuencia) de una fuente de energía que se dirige hacia nosotros (el sonido de un auto, la luz de una estrella) y los efectos de su apagamiento cuando se aleja. Yo lo he relacionado con esta Ley de los cambios de la expresión artística, de modo que al analizar una obra de arte podemos situarla con precisión en el momento que se encuentra dentro de esa ley, podemos hablar del momento dopler de una obra por el estado y signo de su expresión. Nos podemos también ayudar de los conceptos auxiliares de lo "lejos" y lo "cerca" que está por su expresión una obra que tenemos delante, según el signo, comportamiento, intensidad de la expresión. Qué hermoso reconocer por la naturaleza de su expresión que una obra viene hacia nosotros, o que se está yendo, o qué tristeza al comprobar que la obra que tenemos delante está muerta, flotando como una boya sin saber dónde está ni qué es, ni a dónde va.
Quosquue Tandem...!, Jorge Oteiza, ed. Pamiela

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