2 de octubre de 2008

La memoria, el cajón de las palabras, Ismael Filgueira



Una de las cosas que más me fascina del hecho de escribir, es el encuentro a veces tangencial y en muchos casos fortuito, y en otras ocasiones imprevisible entre la memoria y la invención. Para escribir nos apoyamos en el trampolín de algún recuerdo que deriva en una obsesión incomprensible y ese empuje es el que nos lleva hasta la mesa y hasta la página en blanco. Pero ocurre que los elementos directamente extraídos de la realidad, las cosas que recordamos, las personas reales que se convertirán en personajes, son primeramente personas reales. Sin la distancia adecuada es imposible trabajar su esencia para convertirlas en personajes de ficción. Hay que traicionar la realidad. Hay que traicionarla inventándola, porque la verdad de la literatura y de los escritos que emanan de ella descansa en la invención. Ocurre en muchas ocasiones que determinados relatos, ya sean novelas o películas o dramas teatrales que aparecen bajo el lema "Basado en hechos reales", se nos presentan cojos e insustanciales y carentes de verosimilitud. Es paradójico cuando entendemos que bajo ese lema subyace una historia real, verdadera y nos encontramos finalmente con una historia que se nos antoja mentirosa. La verdad de las mentiras de la que hablara Vargas Llosa en un libro es realmente el quid de la cuestión. La única verdad que tenemos delante es la que nos tejen las mentiras, las invenciones. Alejados de la realidad recordada, inventando a partir de hechos reales y siendo infieles a lo que ha ocurrido, a las personas que estaban implicadas en hechos que son novelables, es como entramos de lleno en la casa literaria, sin barro en los zapatos, con esa pureza que convierte un hecho recordado en un hecho narrativo.
Ismael Filgueira. Set 2008

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