4 de octubre de 2008

Mundo Grúa




La lengua secreta de las grúas, ¿nuevo cine argentino?


Qué extraña suena siempre la palabra nuevo cine. Es una mezcla de esperanza y de temor, una mezcla de ilusión y miedo. Pero a veces, no siempre, todo hay que decirlo, un grupo de películas de una generación, o un grupo de cineastas, por azar del destino y cabezonería de los críticos reciben la golosa palabra que a partir de ese momento les cubrirá como un abrigo o una bufanda con la que podrán protegerse del frío gélido de los mercados neoliberales y globalizantes, del helado vapor de la industria contrahumana y capitalista.

Nos encontramos en este vigésimo primer festival del “nuevo” cine latinoamericano, con un fresco de ocho películas argentinas realizadas por cineastas jóvenes en los últimos dos años. La mayor parte de ellas están filmadas en blanco y negro. La mayor parte de ellas asumen un compromiso ético con lo contado mediante la mixtura terrible y ciertamente bien lograda del género documental con la ficción. Son historias de obreros, de trabajadores expoliados, de jóvenes sin largos plazos en la cabeza, jóvenes no con el mundo por montera sino con la hora presente y los segundos por navaja o martillo: un viejo de unos sesenta años, demacrado y solitario que arrastra un armario de tres puertas por escombreras y grandes fábricas vacías. Un pequeño Sísifo que busca el final de su tormento una y otra vez, de su soledad, de su abandono, un ex – músico de unos cincuenta años, que intenta trabajar a cien metros del suelo operando una grúa en una obra desde la que se puede contemplar toda la ciudad a los pies, allá arriba puede hacer uno lo que quiera, tres jóvenes que se preparan para disfrutar de la última noche antes de la boda de uno de ellos, la calidad de los amigos se mide por las despedidas de soltero, cuatro historias trenzadas de forma ascendente y englobadas bajo el título de MALA ÉPOCA, que pretenden diseccionar fragmentos de la sociedad argentina actual a través de los conflictos de un joven de campo que busca ganarse la vida en Buenos Aires, un emigrante paraguayo que cree haber visto a la virgen, un adolescente enamorado de una niña rica y un sonidista que hace pequeños trabajos para las campañas políticas de un candidato a diputado sin llegar a cobrar un duro por eso.

Diversidad temática, heterogeneidad en cuanto a los planteamientos narrativos, amplio abanico de influencias. Parece ser que se avizora en el horizonte un nuevo cine argentino, la punta de un iceberg que irá aflorando poco a poco a la superficie. Si hace unos años un grupo de alumnos de la Universidad del Cine nos deleitaron con Moebius, ahora, más formados y con mayor sentido del hecho cinematográfico, muestran sus nuevos trabajos en un fresco de películas que si no rompen con ninguna de las sacrosantas verdades de la dramaturgia clásica, heredada de los griegos y filtrada por los americanos, sí que intentan horadar un poco en el propio y magnífico poder de ficcionar, de contar historias. Lo hacen desde un compromiso con la ficciòn que no elude un compromiso con la realidad histórica y concreta, naturalismo científico al estilo de Zola llevado al cine. De esta manera la ficción se hunde y renace a lo largo de las películas para dejar paso a escenas propias del género documental, con situaciones improvisadas ante la cámara y toda una sensación de frescura y hálito vital que inundan magistralmente toda la narración.


Es quizás, en la película Mundo Grúa, del realizador PABLO TRAPERO, donde se juega mayormente con este modelo narrativo. La ficción ya no emula la vida. Si la dramaturgia nace de una exhaustiva necropsia realizada en el cadáver de la sociedad, y de la realidad humana, lo hace para llegar a impregnarse y mezclarse de nuevo con esa misma realidad, para volver a ser ella algún día. Un eterno retorno como otro cualquiera. El arco dramático de la ficción hacia la realidad, el foso de agua que separa la ficción de la vida se puede sortear y esta es una de las enseñanzas que se entresacan de algunas películas de esta muestra, mediante el mestizaje asumido entre documental y ficción.


Las grandes historias, los grandes monumentos narrativos llenos de artificios, llenos de grúas que transportan al lector-espectador por cielos elevados y nubes confusas y esponjosas, chocan de frente con estas pequeñas historias, donde la dramaturgia no es gran sábana de horizonte encima de la ciudad, sino un taladro que horada el suelo, que llega a las capas más bajas y a los que padecen no a los que orgullosamente hacen, que hermana plot-point con angustia, anti-climax con sequedad en la garganta y lo hace de forma natural, económica, matemática incluso. La lengua secreta de estas grúas-películas, no está a cien metros del suelo, sino debajo, en el asfalto y el pavimento de la ciudad, en este caso de Buenos Aires.

Sí que es verdad que en muchos momentos las costuras de estas películas se hacen demasiado evidentes, sobre todo en aquellas en las que las influencias tarantinianas y Hitchcokianas ahogan cualquier propósito de parte de los realizadores, pero, salvando estos pequeños deslices, normales para cineastas que se inician en el mundo del celuloide, se puede decir que estamos ante una muestra de un nuevo cine argentino, bella, cruda, seria, ingenua en muchos casos, de una honestidad que toca fibras internas y activa, y de esto es de lo que se trata, activa esa rara y virulenta melodía humana que nos hace respirar y seguir golpeando el suelo con las botas o los zapatos. No para que tiemble la tierra. Para que supure dignidad, como si fuera agua, universal y gratuita.

Jabo H. Pizarroso, Revista del Festival del Nuevo Cine LAtinoamericano, 1998.

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