6 de octubre de 2008

Raymond Carver

Os incluyo una especie de reflexión sobre uno delos mejores cuentos de Raymond Carver: Intimidad, publicado en el volumenTres Rosas Amarillas.
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Este cuento relata la visita que hace un hombre a la casa de la que fuera su mujer. Llevan varios años separados, sin ni siquiera saber el uno del otro. Por las pequeñas notas que se dan en el cuento, sabemos que el protagonista trabaja como viajante comercial para una editorial. No especifica el tipo de libros que llenan su catálogo comercial. El cuento está escrito de esta forma, pequeñas notas que caracterizan y describen sucintamente al personaje y el resto, es un diálogo incesante y terrible entre estas dos personas que hace varios años que no se ven y que en una época de sus vidas compartieron todo, absolutamente todo.
Bien, no se trata de un argumento de altura, por calificarlo de alguna forma. Lo que se relata es bastante ínfimo, casposo, incluso melodramático. Ocurre que todo esto se supera en la forma en la que se relata el encuentro entre estas dos personas. El protagonista decide visitar a su exmujer sin que nosotros, como lectores, sepamos cuáles son las razones que le llevan a visitarla. Lo hace por hacer. Hastiado quizá del tipo de trabajo que lleva, aprovecha uno de sus viajes en el que casualmente pasa cerca de la casa donde sabe que vive su exmujer. Este dato es el único orificio dentro del relato en el que podemos hurgar para descubrir las razones de esa visita. A partir de aquí todo es casi deducción.
Deducimos entonces, que este hombre más allá de la rutinaria existencia que lleva, quiere algo de su exmujer. Puede querer volver con ella o arreglar algo que en un momento de su vida cometió. Todo esto está latente en este primer hueco del relato. Si seguimos con esta primera deducción, podemos decir que se pueden ir aportando cosas como ésta. El protagonista carga con una culpa que ni el mismo conoce y por eso decide visitar a su exmujer. Quiere remendar de alguna manera los errores que cometió con ella. Pero hay más. Cree que con su sola visita, ese pasado va a poder aclararse y limpiarse. Aquí recojo la cita de Milan Kundera que principia el libro de cuentos, más o menos nos viene a decir que un hombre solamente tiene una vida y que no puede disponer de otra en la que enmendar y supurar los errores que ha cometido en su primera experiencia vital.
El protagonista de este cuento por tanto se ve enfrentado a un dilema de carácter metafísico, la posibilidad de borrar de un plumazo lo que fue su vida, esgrime su terrible e ingenua libertad de poder desinfectar un pasaje de su vida que todavía le duele en alguna parte del cuerpo. Y lo más asombroso de esto es su actitud, nada pretenciosa ni racional. Todo lo contrario. Su actitud y su destreza para conseguir todo esto, están llenas de ingenuidad, sentido primario y salvajismo, incluso. Todavía conserva esa ignorancia de lo fatal que aplicamos a los niños y a todo aquel que no ha tenido en su vida una experiencia de muerte, sea del tipo que sea. Porque este hombre, parece no haber superado su primera experiencia abrasadora de muerte, cuando se separó de su mujer. Por eso acude a visitarla sin rabia, sin temor, como quien visita a un amigo. Lo que le delata es algo muy simple. Lo que precipita y destroza estas nobles intenciones no es más que la sensación que estás provocan en la mujer visitada. Ella lo entiende como provocación, y esta sensación se va engordando durante el diálogo que mantienen en el salón de la casa. Se siente provocada. Parece que esa visita ha roto alguna ley natural en la que esa mujer cree a pies juntillas. Y razones no le faltan para creer. Se separaron. Esa palabra lo dice todo. No hay vuelta
atrás. No hay posibilidad de retornar al punto del que se partió un buen día.
Esta es la ley marcada para esa mujer. La lleva grabada dentro y no puede evitar someterse a ella. Ante la percepción de que todo está irremediablemente perdido, el protagonista se deja hacer. Entiende que la mujer que tiene en frente, es una desconocida para él, y entiende también que está en su derecho de reprocharle todo, absolutamente todo, hasta su existencia.Hay en esto algo que conviene señalar. El sentido del dolor unido al de la culpa. El protagonista permite que sea la mujer la que le hiera y con ello cree dos cosas: Primero, cree estar actuando generosamente frente a su exmujer. El hecho de estar sentado delante de ella aguantando todo lo que ella tiene que decirle, es para él ya un acto generoso inconfundible. Y segundo, se está dando otra oportunidad de cara a graduarse por decirlo de una manera un tanto vasta, en la escuela del sufrimiento. Esta segunda oportunidad que a vista de lo acontecido en su vida no fue capaz de superar tras su fracaso y se posterior separación de la mujer. Pero ocurre algo que le delata. Que delata su falsa generosidad y sobre todo su apuesta por seguir encontrando una segunda vida en la que aliviantar las culpas del pasado.Mientras escucha la cada vez más dolorosa voz de su exmujer, mira hacia la ventana. En un jardín alejado unos metros de la casa, un operario de una empresa de telefonía escala un poste de teléfono. Ha empezado a nevar y en su cabeza, se ha ido formando un diminuto gorro de nieve. Sin dejar de ser esta imagen algo de extrañísimas resonancias poéticas, aparece dentro del relato como un aspecto puramente licencioso por parte del escritor. El propio escritor le permite una salida a la situación por la que atraviesa el protagonista. Le permite escalar a un poste de teléfono. Le permite creer de manera muy rastrera, todo hay que decirlo, que todavía para él es posible escalar a un lugar donde es posible comunicarse, y le coloca nieve helada sobre la cabeza, como un lastre fino, casi indeleble, pero pesado. Algo que en un momento puede ser liviano y transparente como el agua, pero ahora se muestra en estado casi sólido. Poco a poco el diálogo que mantienen los dos personajes nos va precipitando hacia el final del cuento. Llega de forma abrupta, como en casi todos los relatos de Carver. El hombre sale contrariado de la casa de su exmujer, sin haber solucionado nada y frente a él, aunque todavía no ha llegado la noche, en el cielo se alza majestuosa una luna totalmente definida. Esa luna le marca otra vez al personaje la experiencia de muerte que todavía no ha podido superar y coloca un broche mágico al final del relato.


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