20 de febrero de 2009

Desconcierto y Descubrimiento

Son a mi entender las dos categorías que se destilan de un buen relato corto. Un descubrimiento insospechado y un desconcierto secuencial. He hablado en muchas ocasiones con mi amigo Filgueira. Recuerdo sobre todo los tiempos en los que nos pimplábamos una cafetera de cubita y una botella de ron silver dry bajo el techo de guano de su casa en Santiago de las Vegas, allá por los años noventa, en una Cuba silvestre y llena de libros y donde la reflexión sobre la maquinaria de construir historias era pan de cada uno de nuestros días...
Amigo Filgueira, ¡qué tiempos!. "En este pueblo perdido en la provincia de LA HABANA nació Italo Calvino", decía siempre el Filgueira, y lo decía cada vez que uno trataba de animarle a que buscara otro lugar donde travestir en literatura cada uno de sus días. Y esa aseveración, "Aquí nació Italo Calvino" ocupaba el espacio con un rigor de templo, de lugar sagrado, y las cañas y los altos árboles donde el mamey engorda su pulpa de sigilo y azúcar, se convertían en las columnas de un santuario donde el oráculo otorga las claves para poder escribir con "pulso en la mano de alma junta y certera", asi hablaba Filgueira y asi creo que sigue hablando, por lo menos cuando lo escucho por teléfono, aunque hace tiempo que no nos vemos. Lo de Descubrimiento lo entendía perfectamente, pero lo de Desconcierto, aunque conocido, me resultaba insospechado, difícil de calibrar y el Filgueira con su paladar pedagógico me ilustraba siempre con un trozo de un cuento de Babel, Isaak, un cuento del libro "Caballería Roja", comprado en la librería oculta que Leonidas, el guerrillero de Girón, tenía tras la tapia rota de la cocina de su casa. Y Filgueira leía con esa voz de garganta montañosa que siempre le caracterizó: Esta canción nos la enseñó un cazador que faenaba en aguas vedadas. Allí, en las aguas vedadas, desovan los peces y se crían innúmeras bandadas de aves. En los brazos del río, los peces se multiplican a carretadas, se pueden atrapar con calderos o con las manos simplemente y si se mete en el agua un remo permanece derecho: los peces lo sostienen y lo llevan consigo. Eso lo vimos nosotros mismos, jamás olvidaremos las aguas vedadas de Kagalnitskaya. Y es curioso porque a partir de esas lecturas, cada vez que encontrábamos un cuento o un relato prodigioso, siempre decíamos "ese cuento tiene Kagalnitskaya...

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