25 de febrero de 2009

la madeja de la rabia

Ayer, tras al atentado de ETA a un local de PSE en Lazkao, un hijo de un ex concejal de esta formación política vasca se lío a porrazos con una maza contra las cristaleras y el interior de la herriko taberna del pueblo...
Lazkao es un pueblo hermoso, intenso, rodeado de montañas, muy cerquita de Ataun, lugar de nacimiento y retiro vital y de estudio de Aita Barandiarán, uno de los mejores etnólogos de la cultura vasca de todos los tiempos. Casi en el corazón de Guipuzcoa, muy cerca también de Beasain y de Ordizia, dos pueblos más industriales, por allí creo que siguen los talleres de la CAF, la empresa que fabrica la mayor parte de los vagones de trenes y coches de metro que circulan en la mayor parte de las ciudades españolas. Y siempre nos sorprende esto del Pais Vasco, a los visitantes y a los oriundos del lugar, las fábricas y sus chimeneas que se alzan entre caseríos y casas de varias plantas en medio de abigarrados montes donde el sirimiri cala demasiado las boinas y donde la palabra "Lanbroa", (cielo cubierto que deja caer un goteo interminable y lento de lluvia), tiene su reino y su espacio. El que escribe pasó un par de veranos en el Barnetegui Maizpide de Lazkao, un internado para aprender eusquera, en los años noventa, cuando también la política impregnaba los kalimotxos. En aquel tiempo la herriko Taberna se llamaba Gerriko, que quiere decir faja y se hablaba, como se habla ahora, un eusquera pulcro, delicado, un eusquera enriquecido por sonoridades variopintas que de alguna manera es un tesoro que sobrevive en este corazón de Guipuzcoa. El atentado contra la sede del PSE es una aberración y la rabia de este hombre no soluciona tampoco nada. De la rabia poco saben los montes que rodean callados a Lazkao, de la rabia y del odio surge una grieta siempre que coloca espinas en la delicada convivencia de credos y de ideologías. Estamos en periodo electoral en Euskadi y las cosas no mejoran, la política no se asienta con fuerza dentro de la respetuosa oposición de opiniones. Recuerdo que una noche, durante el primer verano en Lazkao, con Santi, un amigo bilbaino al que perdí la pista hace tiempo, nos metimos entre pecho y espalda gran parte del vino que se servía aquella madrugada en una taberna llamada Urdina y con el trasiego feroz del alcohol en nuestras venas, escalamos a la segunda planta de una casa de Ordizia para robar un par de ikurrinas que estaban colocadas allí homenajeando a un gudari de la guerra civil. Nos llevamos una, y la otra la dejamos en la plaza de Ordizia, en el punto donde mataron a Yoyes, "Esta la dejamos aquí", dijo muy serio Santi, y me explicó el motivo de aquella férrea decisión. Ha pasado el tiempo y siento que desde las banderas poco homenaje se puede hacer a nadie y poco se pueden resolver las cosas. La otra ikurriña no se ahora mismo donde está, supongo que se encuentra destrozada y dividida entre varias manos, como un niño al que uno le arranca los brazos y el otro le hace magulladuras en la cabeza. El Txindoki y esos montes, y la gente que vive allí, todos, se merecen otra cosa de una vez para siempre, se merecen la tranquilidad de la paz y su calma...

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