23 de junio de 2009

Un jilguero contra las tinieblas

Con Vladimir Maiakovski (Georgia 1893-Moscú1930) se viene abajo el prejuicio según el cual el poeta comprometido es más comprometido que poeta. Maiakovski fue las dos cosas y hasta la muerte y para eso hay que tener genio y agallas.
Cómo hacer versos es no sólo una confesión recia y sincera de su alma, sino también un estupendo manual para escribir poesía, y surte efectos sanadores en cuantos consideran la poesía pose de melancólicos, altar de exquisitos o reglas de dicción. Poeta no es quien escoge tema, metro y rima para acabar diciendo “dulce embriaguez” en vez de “borrachera”. Poeta es un incansable buscador de la belleza y para ella hace y deshace normas.
En Cómo hacer versos, Maiakovski juega limpio. No se guarda los secretos del oficio. Nos los confía todos. Nos revela que un poema sólo está justificado cuando un problema requiera con urgencia una solución poética y ésa sea la única forma humana de resolverlo. La fragilidad, la fugacidad, las tinieblas, la limitación humana y la muerte, ¿quién sino la poesía las resuelve? Contra la cárcel y contra el hambre de un hijo, sólo Las nanas de la cebolla. Si ése no es su cometido, se queda en hablar bonito. El poeta escribe porque no le queda más remedio.
Para ello cuenta con lo que Maiakovski llama reservas poéticas: el poeta no es aquel que se sienta a veces a escribir a ver si cae algo, sino el que consagra tiempo y energía a sentir y pensar poesía y entonces ésta lo va inundando hasta que, en el momento menos pensado, le rebosa un verso como un géiser.
Uno de esos problemas que sólo la poesía resuelve fue el suicidio de su amigo el poeta Esenin. Maiakovski llora en un gran poema su muerte, pero le reprocha haberla preferido a la lucha de la vida. Por entonces quizá no sabía que él acabaría tomando ese mismo camino pocos años después y se descerrajaría un tiro, cuando los burócratas de Stalin pretendieron dirigirle a él también la poesía y la revolución, convertirlo en coreador de consignas oficiales. Entonces, cuando la poesía no le sirvió para resolver ese único y gran problema, no encontró más salida que la muerte. Ésa es la prueba definitiva del poeta: o vuela libre hasta morir o vive en una jaula. O jilguero salvaje o loro domesticado.
Maiakovski superó esa prueba que lo ha convertido en un mártir de la poesía. Murió porque el poeta sólo puede crear en libertad: si vive en una jaula ideológica, no canta, sino que se acaba destrozando contra los barrotes. Su canto sólo espanta a las tinieblas si es libre y suyo, porque para crear hay que volar. Y ahí está su grandeza.
A la obra de un poeta, su muerte le quita o le da valor. Y a Maiakovski le ha dado un valor objetivo, porque su obra es buena y está firmada con su sangre. Él mismo se convirtió en un poema. Y justo es decirle, como él a Esenin:

Infinito,
vuela,
hasta las estrellas.

Sobran los detalles. Como él escribió justo antes de morir, “Nada de chismes. Al difunto no le gustaban”.

Jesús Cotta (ESTADO CRÍTICO)

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