22 de septiembre de 2009

El futuro es irrelevante I

Una de las enseñanzas más fructíferas que recibí en mis tiempos universitarios me llegó de manos de un profesor de programación televisiva, Jesús González Requena. Analizaba el mensaje de televisión como un hipertexto, en los tiempos en los que aquella palabreja amargaba en la boca y mucho más en el estómago, si llegaba hasta allí. Decía más o menos que lo que diferencia el mensaje televisivo de otros es la negación de dos principios fundamentales, el inicio y el final. El mensaje televisivo no acaba nunca, es un carnaval continuo que parece que tampoco empezó alguna vez. Ha estado allí desde siempre. En él se conjugan mensajes y relatos de todo tipo, contagiándo y mestizando significados y desarrollando un cocktail molotov hipertextualizado que no finaliza en un punto dado. Ni siquiera en la desconexión electrónica. Apagamos el televisor y Al no existir ni comienzo ni final, tampoco existe sentido.

El inicio es tan humano como el nacimiento y el final lo es tanto como la muerte. Sin nacimiento y sin muerte la vida no tiene sentido y los relatos tampoco lo tienen. En la actualidad, Internet está desplazando a la televisión de manera grandilocuente. La tarta de las audiencias se reparte en muchísimos trozos. Lo que en los noventa eran índices de audiencia elevados ahora son imposibles de alcanzar. Lo que en aquella época eran índices insulsos que echaban para atrás un programa, o una serie, ahora son índices respetables. El público está desplazando su visión hacia la pantalla del ordenador, e incluso se están generando híbridos multimedias que conjugan los dos escenarios tecnológicos y hacen de ellos uno solo cuyo gestor es siempre la web. La red de redes es de alguna manera la sofisticación de un sueño prohibido para las televisiones. Tú, espectador, eres el programador. Tú decides lo que ves. No hay un señor que desde una butaca decide lo que vas a ver mientras cenas dorada al horno o salchichas con huevos fritos. Eres tú, el espectador.

Y digo ver como digo leer. Y si el relato nunca finalizado de la televisión estaba anclado con fuerza, en internet ese detalle, el del no final, se eleva a la enésima potencia. La fragmentación de los discursos y las lecturas solapadas unas con otras hacen el resto. Uno está viendo perdidos y recibe un mail, lee el mail, luego entra a leer un periódico digital porque sí y vuelve a la serie, y mientras escribe un sms y así hasta el infinito. Entras en una web buscando qué es lo que ha pasado hace unas horas en Morón y acabas degustando el significado de la guacamole en una receta de cocina. Y No sabes muy bien por qué narices empezaste con la web de un periódico y has acabado leyendo algo de una fundación sin ánimo de lucro uruguaya que no sabes por qué narices coloca recetas de cocina en su portal. Cuando uno apaga el bicho, la pantalla y se retira, la digestión de lo leído y visionado es rápida porque no hay digestión. Hay digestión cuando uno va al cine, por ejemplo, por que hay ritual, hay incio y existe un the end. Y en el café, o en el coche, o en la almohada del tiempo, se amasa el sentido que luego incorporamos a la memoria y más tarde a la experiencia, cuyo cometido se centra en la búsqueda de la felicidad y en el alejamiento del dolor. Así de simple.

2 comentarios:

escritores negros dijo...

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