26 de julio de 2010

El peor indio que jamás existió

Los apaches nacían sin nombre. Era su comportamiento en los primeros meses de vida lo que determinaba su primer nombre. Pero éste no era tampoco el definitivo. Un nombre hay que ganárselo. Quizás el apache más popular de la historia, gracias en parte al cine, sea Gerónimo, alias El Rey de los Asesinos, alias el Peor Indio que Jamás Existió, alias El Príncipe de la Destrucción.
Lo cierto es que Gerónimo nació en el Cañón Nodoyohn, en Arizona, en julio de 1829 y su primer nombre fue Goyanhkla, Aquel Que Bosteza. No era un nombre muy prometedor para el que acabaría siendo el último indio renegado, el último rebelde, pero ese era su nombre aquella trágica mañana del 5 de mayo de 1858, cuando mientras él y otros de su tribu se encontraban comerciando en la ciudad mexicana de Janos, el coronel José María Carrasco, al mando de un destacamento de cuatrocientos soldados, cruzó la frontera y atacó por sorpresa el campamento apache. La madre, la esposa y los dos hijos de Goyanhkla murieron en aquel ataque.
Aquel día recibió su segundo nombre, El Que Ha Perdido Todo. Desde entonces sólo pensó en vengarse de México, y la venganza llegaría un año después, cuando El Que ha Perdido Todo cruzó la frontera al mando de una confederación de tribus que habían decidido seguir el sendero de la guerra. El 30 de septiembre tuvo lugar la batalla definitiva contra las tropas mexicanas y aquel día se ganó el nombre con el que pasaría a la historia, Gerónimo, el nombre del santo al que invocaban los soldados viendo lo que se les venía encima.
La lucha duró dos horas, y así lo cuenta el propio Gerónimo: “No quedaban más. Sólo se veían apaches. Sobre la tierra ensangrentada, cubierta por el cuerpo de los mexicanos, se alzó el feroz grito de guerra apache
Ese grito ya no se extinguiría durante décadas, a ambos lados de la frontera. Acosados y en pie de guerra contra el hombre blanco, Gerónimo y los suyos se negaron a doblegarse y a ser prisioneros en las reservas y acabaron convirtiéndose en el enemigo público número uno de aquel episodio que se llamó las Guerras Indias, aquellos años del canto del cisne de los pueblos nativos norteamericanos.
Gerónimo se sabía representante de un pueblo en vías de extinción, de una forma de vida que estaba siendo arrojada al pozo de la historia, y eligió ser guerrero porque no tenía más opciones. Pero todo tiene un final, y el de Gerónimo estaba íntimamente ligado al del otrora poderoso Pueblo del Águila.
En 1886, con su banda exhausta y acosada por los ejércitos de Estados Unidos y México decidió rendirse a condición de poder volver con su gente a sus antiguos territorios de Arizona. Nunca más volvería allí. Aquellos irreductibles, entre los que había mujeres y niños, fueron amontonados en un tren de carga y conducidos a Fort Bowie como prisioneros de guerra. Gerónimo fue juzgado y encarcelado hasta que se le permitió instalarse en la reserva de Fort Sill, Oklahoma, en 1894. Para aquel entonces ya había sido domesticado, quebrada su fortaleza por la guerra, la cárcel y la impotencia.
Vendía sus fotos, participaba en desfiles, protagonizaba espectáculos del oeste y se había convertido al cristianismo. Sin embargo, en 1905, pocos años antes de su muerte, decidió contarle su vida al inspector escolar S.M. Barret. Gerónimo era consciente que es el último deber que le debía a su tribu, ayudar a construir la memoria de su pueblo, salvarlo del silencio, del museo y la leyenda.
La editorial Mono Azul y Javier Lucini, pertrechador de esa obra fundamental que es Apacherías del Salvaje Oeste, se han encargado de presentarnos ahora aquellas palabras de Gerónimo, que no sólo son el relato en primera persona de su vida, sino “la crónica de los últimos días de libertad Apache”. Un ejercicio contra la desmemoria que tal como dice Lucini “si las historias dejaran de contarse el pueblo olvidaría y con el olvido desaparecería la esperanza”.
En las antiguas culturas de tradición oral las historias no se cuentan, se ofrendan, y Gerónimo quiso ofrendar la suya, contar su verdad frente a la historia oficial de los blancos, la versión de los perdedores antes de ser totalmente silenciados.

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