La lectura de los libros de Mono Azul te dibuja nuevamente, te abre una mirada insólita sobre la realidad. Autores clásicos conocidos y otros no tanto, pero necesarios todos. Autores nuevos que abren los telones de lo real. Narrativa, poesía y ensayo que tapan el ruido ambiente y te desnudan el criterio para armarte los ojos y destaparte quiza el corazón con un balazo de tinta.

Mono Azul editora es una editorial apache, resistente, y con razones sobradas para pelear por la literatura, por un mundo donde la palabra tenga sentido y sentidos, y contra este ocio triste que en nada ayuda a la alegría de pensar y reinventar lo que vemos.

Ana Clemente y Jabo H. Pizarroso, editores. Setiembre de 2010.

7 de septiembre de 2010

Maiakovski, Ehrenburg y Léger

Leyendo a Ehrenburg, su primer libro de memorias. Hay cosas de alto interés. Seguramente lo más curioso del libro sean los capítulos dedicados a La Rotonde. La Rotonde era un bar de París donde se juntaba la bohemía durante los años previos y posteriores a la Primera Guerra Mundial, en el interregno en el que estalló la Revolución Rusa.

Vladimir Maiakovski, que estuvo por allí en 1924, escribió, "Un París violeta, un París de anilina, se eleva tras la ventana de La Rotonde"

Allí Ehrenburg se veia las caras con Modigliani, con Savinkov, con Picasso, con Diego Rivera, con Blaise Cendrars, con Léger y otros muchos más. Bar de naciones y babel idiomático. Es curioso que allí surgió todo lo que de interés hizo el arte para el siglo XX, de manos de decenas, no más de cien desharrapados, locos que malvivían devorados por el veneno artístico. Tipos que vendían un cuadro por un plato de comida y una botella de cogñac. Algunos de ellos fueron movilizados y estuvieron en la Guerra un vez que estalló, llegaron al infierno de gases tóxicos y trincheras, algo de lo que el mundo no se ha repuesto nunca. Léger fue uno de ellos.

A su vuelta, estaba Léger con Ehrenburg en La Rotonde y según cuenta el autor, Léger tenía ganas de hablar en un momento en el que el café estaba a punto de cerrarse. Léger invitó a Ehrenburg y a otros a su casa. Su primera mujer, Jeanne, sacó unas latas de conserva para preparar un poco de cena. Cuando Léger se disponía a abrirlas se quedó un tanto traspuesto, pensativo, el rostro gélido y las manos paralizadas. En ese momento Léger estaba recordando un instante de la guerra de la que había salido. Recordaba los muchos momentos en los que había abierto latas de conservas con una bayoneta que estaba manchada de sangre humana.

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