19 de noviembre de 2010

Se afirmaba que el monasterio y el lupanar se comunicaban mediante pasadizos

—¿Qué fue antes y más importante para el pueblo, la casa de Dios o la de la vida? —preguntó alguien para caldear más aún el ambiente.
Todos los ojos se posaron en Alejandro, experto en sutilezas.

—Las prostitutas, además de más numerosas gracias al Cielo, son anteriores a las monjas, a los enterradores incluso —sentenció Alejandro—. Eva tuvo que prostituirse con ángeles para conseguir ovejas y hogazas de pan y engendrar hijas para Caín. Adán ya estaba viejo para ganar pan y ovejas con el sudor de su frente y, encima, perpetuarse.
—Ser primeras en tiempo y número —replicó su amigo Miguel Ángel— no las hace más importantes. Más fama han alcanzado unas pocas mujeres por vestales que ciento por licenciosas, como no sea la Bernarda.
—Las tales bernardas —rebatía Alejandro— son consuelo de afligidos y refugio de pecadores. Gracias a esos desfogues se mantiene en pie la institución matrimonial, yendo contra natura como va.
—Pero no hay más que ver —continuó Miguel Ángel— cuánto embellece a un pueblo feo un convento de clausura y cuánto afea a comarcas enteras un solo prostíbulo con esos visitantes pestilentes y verrugosos cuyas secreciones una mujer soporta sólo por dinero.
Discutían ambos improvisando argumentos, desenmascarando sofismas, como caballeros. En cuanto terciaban los demás contertulios, se descendía a la vulgaridad, se daban nombres y apellidos.
Y es que el claustro de la Blanca Paloma era contiguo al patio de la Paloma Negra. Formaban un solo edificio y compartían fachada. La del monasterio cisterciense era desde siempre de piedra desnuda; la del prostíbulo cambiaba vistosamente de color cada año. Una pared no demasiado gruesa unía y separaba la Capilla Mayor y la cantina y en ocasiones se confundían los cánticos con las blasfemias, las voces blancas con las negras. Aunque a nadie le constaba, se afirmaba que el monasterio y el lupanar se comunicaban mediante pasadizos, por los que mujeres de la vida huían de clientes peligrosos y mujeres de Dios se pasaban a la competencia para poder rezar luego con menos ardores.
—Pero, ¿alguno entre los presentes —desmentía Miguel Ángel si le dejaban meter baza— se ha acostado con alguna paloma blanca?
—¡Yo! —respondía bien aleccionado el Toribio, uno de los tontos del pueblo, y se creía muy listo por provocar la hilaridad.

Abundaban las groserías y algunas andaban en dichos, como que entre abortos de putas monjas y de monjas putas estaba a rebosar la cripta, que nadie había pisado jamás. Coin­cidían, no obstante, los más longevos bisabuelos del pueblo en que ya sus tatarabuelos habían conocido las dos Palomas ala con ala, siempre tan amigas.
—Lástima que en estos días se haya levantado la veda y una de las dos acabe en la olla.

Las Vírgenes Prudentes, Jesús Cotta, Mono Azul editora