23 de abril de 2013

Día del libro con Filgueira, un tipo insignificante

Hace tiempo que no le veo. No se prodiga mucho por aquí. Una vez al año. Más o menos. Dos, si acaso. Quedamos en el Bode, a la entrada de Herrería. Llega con su fular rojo chavista y un blanquecino y sempiterno bigote sandinista. Pide dos gin-tonics de tankeray. Es Filgueira. Es un tipo de mediana estatura, cabeza de pelota, andar riguroso. Nos sentamos en una de las mesas que hay en la terraza. No hay mucha gente. Todavía queda frío de invierno por repartirse entre los adoquines en la calle. Sigue viviendo en Las Yagrumas, a escasos kilómetros de San Tranquilino. Me cuenta que hace muy poquito se murió Leonel, el brigadista cubano, uno de los combatientes de Playa Girón al que conocimos en 1997. 

Detrás de la cocina tenía una inmensa biblioteca. Libros sobre todo de Raduga y  Progreso, las dos editoriales soviéticas que publicaban en decenas de idiomas, castellano incluido, obras de Sholojov, Maiakovski, Pasternak y Gladkov, Empiezo a ver realismo socialista entre algunos escritores nuevos de de por acá, suelta Filgueira,  es ésta la cosa de los ciclos, sigue Filgueira, ¿A qué crees que se debe este fenómeno?, le pregunto...,

El sueño de los nocilleros siempre ha sido el realismo socialista, dice Filgueira,  mira ese, el  Vilas, el Manuel Vilas, está lanzado por ahí, espero que no caiga en el  neocostumbrismo, de verdad, es el mejor de esa generación, le pasa como a la otra, a aquella generación que llamaron X, que murió y quedó uno, Mañas, Jose Ángel Mañas, que ahora quiere ser el Marcial Lafuente Estefanía del siglo XXI...

Pasan dos bicicleteros a todo meter. Uno de ellos está a punto de atropellar a una anciana que recuerda mucho a una de las ancianas de Kieslowski, creo que es en Azul, donde sale una mujer vieja y se pasa cinco minutos intentando echar una bolsa de basura a un contenedor, hasta lleva un gorro de campesina de gulag. Dos bolsas verdes colgadas de los racimos de los brazos, un abrigo marrón, desgastado, muy Valle-Inclán.

Ahora estoy leyendo a Antonio Machado, suelta Filgueira, Mucho Machado, sigue Filgueira, la poesía nunca fue mi fuerte, no le tuve mucha estima, el bachillerato me robó el amor poético y los años me han hecho escéptico con todo. Pero la poesía es algo importante...

¿No crees que esto, todo esto, todo este sistema camina derechito hacia su destrucción y que nada podemos hacer para evitarlo?, le pregunto.

Nada de eso, escupe Filgueira. Saca un cigarro y lo prende con la majestuosidad con la que un pirata prendiera un habano de Santiago Las Vegas. Tenemos la literatura y eso nos salva, y ahora más, porque ahora volverán las oscuras golondrinas y tendremos que andar a la gresca de nuevo, literatura y política volverán a unirse y el mundo podrá escribirse de nuevo desde un libro, hoy cualquiera que le meta barullo y tiempo a eso de escribir, tiene la gran posibilidad de cambiar el mundo, de hacerlo distinto desde una hoja de papel, desde doscientas o mil hojas de papel, desde las que sean, porque como dice Gabriel Celaya en uno de sus poemas: Somos el ser que se crece, / somos un río derecho / somos el golpe temible de un corazón no resuelto...

Filgueira bebe, sorbe, chupa el cubata.

Mañana es el día del libro, ¿no?, pregunta Filgueira.

Sí, le contesto.

Buen día, dice Filgueira, Bom día, suelta Filgueira, si le ves al Lucini, dale un abrazo grande de mi parte y a Ana, mi niña, que hermosa es, pero no te pongas celoso, Jabo, que ya sabes que...

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