13 de mayo de 2013

El barco del amor


Maiakovski, Con Lily Brik, Eisenstein y Pasternak entre otros


“El barco del amor chocó contra la vida cotidiana”. 

Volodia, Vladimir Maiakovski, escribió estas famosas líneas, momentos antes de reventarse el corazón de un soberbio pistoletazo. Corría el año 1930. Maiakovski tenía 37 años. Su historia de amor con Lily Brick se estaba truncando porque había aparecido otra mujer con la que podía y no podía vivir. Tampoco soportaba demasiadas cosas de la burocracia soviética que afectaban de lleno a su obra. Acababan de prohibir La Chinche y el Baño, sus dos últimas piezas dramáticas. Comenzaban las purgas estalinistas. Se calcula que unos dos mil escritores pasaron por las cárceles dela Lubianka, cerca del barrio del Arbat en Moscú. De ellos perecieron unos mil. Babel, Pilniak, Bulgakov. Lo mejor de la literatura rusa de ese momento. Cuando a un poeta le impiden expresarse le cortan un brazo, la cabeza, o la mitad del cuerpo. A Maiakovski con esa prohibición le pusieron una pistola en las manos. ¿Quién lo mató? ¿Se mató el mismo? pero no olvidemos que el amor es el que accionó el gatillo, el barco del amor cuando choca contra la vida cotidiana.

La poesía es la que nos lleva siempre hacia acantilados de belleza o de vértigo. Pero es la vida la que nos empuja o nos dice con una leve voz: tírate, tírate. Maiakovski en esa bala alojada en un corazón lleno de versos, dejó también estas palabras:

Nadie es culpable de mi muerte, y por favor, nada de chismes. Los poemas inacabados dádselos a Brik. Ellos los descifrarán. Cómo se suele decir: Ya se acabó todo El barco del amor chocó contra la vida cotidiana. Estoy en paz con la vida. Inútil recordar. No penséis que soy débil. De verdad, no hay nada que hacer.

Sarrionandia, quizá el mejor poeta y escritor vasco de todos los tiempos, y seguramente uno de los clones auténticos que Maiakovski dejó en este mundo, en su Ez Naiz hemengoa, en castellano No soy de aquí, reflexiona acerca de la poesía de esta forma:

De la mera tristeza no surgen buenos poemas, ni tampoco del simple amor. Todos conocemos de una u otra forma la tristeza y el amor, y en sí no son poéticos, porque la poesía no se hace con sentimientos, se hace con palabras.

Volvemos a Maiakovski. Le prohíben las obras y se pega un tiro. Elias Canetti nos puede dar luz en torno a esto. En Masa y Poder dice que cuando un hombre recibe una orden de otro, también recibe un aguijón que se le clava en el pecho para siempre. Una orden es un aguijón. A Maiakovski le colocaron aquel terrible aguijón. Y había que sacarlo. 

Tus obras no pueden representarse. Atentan contra la sociedad burocrática que estamos creando

El aguijón aquel, Maiakovski lo convirtió en una pistola y lo minimizó en una bala. Ahora sabemos que su último acto poético fue este: Matarse. Algo para lo que se preparó durante toda su vida. Sabemos que la poesía instala el ser en la palabra. La poesía preña a la palabra de existencia y la deja suelta para que viva sola, ya preñada y nacida. Maiakovski rebosó su palabra poética de su ser total y llegó incluso a matar el ser dentro de la palabra para que la palabra también fuera cadáver y cuerpo muerto. Los versos de Maiakovski los leemos ahora con la distancia que nos da el año de su desaparición, hace 78 años. Yo prefiero contar el tiempo como lo hace Oteiza. Han pasado no 78 años, sino tres abuelos. El padre de tu padre de tu padre, si hubiera cogido un tren en el año 18 y se hubiera trasladado a San Petersburgo habría escuchado recitar a Maiakovski. No está tan lejos como parece. Pero hay huellas. Maiakovski vuelve y nos da sus claves. En 1915 escribió un libro titulado La flauta de mi columna vertebral.

Por todas vosotras a quienes uno ama y ama icono al abrigo en la gruta del alma, como copa de vino en mesa de festín, levanto mi cráneo lleno de poemas. A menudo me digo: y si dirigiera la punta de una bala hacia mi propio fin… hoy por casualidad doy mi concierto de despedida. ¡Memoria! reúne en la sala de mi mente las innumerables pilas de seres queridos. haz que la risa se trasmita de ojo a ojo. ¡Que la noche se vista de bodas pasadas! danos la alegría de cuerpos y cuerpos. que nadie pueda olvidar esta noche. hoy tocaré la flauta con mi propia columna vertebral.

Durante sus dos últimos años, sus amigos y conocidos cuentan que Maiakovski llevaba siempre una o dos pastillas de jabón en la chaqueta. Se lavaba a todas horas las manos. Una manía, una obsesión que se estaba haciendo enfermiza.Se estaba preparando para su limpieza final.

En Mono Azul editora tenemos dos libros de Maiakovski:
Cómo hacer versos y Una Bofetada al gusto del público.

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